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Estados Unidos: Tres elecciones cardinales




“Llegará algún día ese glorioso momento en que la

gente simple de este país verá hacerse realidad el

sueño que tiene oculto en su corazón de ver que la

Casa Blanca es ocupada por un absoluto imbécil”.

Henry Louis Mencken



Nadie duda en calificar a la elección presidencial estadounidense de 2016 como una de las más extravagantes en la historia electoral del mundo, ni que su resultado tendrá inmensas repercusiones. La actual campaña electoral esun crudo reflejo de aguda polarización política que ha llevado al extremo de lo grotesco el hartazgo de los ciudadanos ante la política y amenaza con hacer reaparecer una violencia política no experimentada en el país más poderoso del mundo desde los turbulentos años sesenta. De manera inusitada aparecieron en el panorama candidatos que hasta no hace mucho tiempo hubiesen sido considerados completamente inviables por sus ideas simplistas, tanto en el análisis de los problemas como en sus soluciones. La aparición de Donald Trump ha tocado el inconsciente más bajo de un sector importante del electorado.


La xenofobia, el racismo, el machismo, el más grosero materialismo y otros oscuros instintos que se mantienen soterrados en muchísimos electores han brotado a la superficie con toda fuerza.


Ya es lugar común escuchar eso de que “esta elección será histórica” cada vez que los electores asisten a las urnas, pero en este caso la afirmación deja de ser un cliché y ocupa toda su magnitud, y con singular crudeza. Ante esta coyuntura electoral tan trascendente, vale la pena voltear brevemente al pasado para repasar los tres comicios más importantes de la historia reciente norteamericana y

entender sus lecciones.


EL PRÍNCIPE Y EL “MÉNDIGO”

(Estados Unidos, 1960)




Dos políticos inteligentes, carismáticos, jóvenes y ambiciosos fueron los protagonistas de esta contienda, que al final se decidió en favor del candidato demócrata John. F. Kennedy, quien al llegar a la Casa Blanca se convertiría en el presidente más joven de todos los tiempos (43 años) y en el primer católico en ascender al cargo.


Como lo señaló Gary Donaldson está fue, en muchos sentidos, la primera campaña "mediática" de la historia, en la que la televisión jugo una parte fundamental. Asimismo, el reñido resultado dio lugar a una gran polémica en torno a la posibilidad de que el candidato demócrata hubiese ganado gracias presuntas trampas urdidas en las urnas por la corrupta maquinaria de su partido en la ciudad de Chicago. Estos comicios se celebraron con el telón de fondo del recrudecimiento de la Guerra Fría, el aumento de las tensiones raciales y los temores por el probable advenimiento de una nueva recesión.


Norman Mailer publicó en la revista Esquire su visión de lo que había sucedido en la Convención Nacional Demócrata y logró lo que, en su momento, había conseguido, y de forma magistral, Henry Louis Mencken: hacer de las crónicas electorales uno de los géneros más interesantes de la literatura norteamericana que presentaban a las campañas como "la intersección perfecta del gran sueño imperial americano y la monotonía empaquetada y gris del ciudadano medio". A su manera, Mailer, como antes Mencken, entendió que las elecciones son también la síntesis escenográfica de una nación que busca su historia.


La campaña electoral sería una de las más personalizadas en la historia de Estados Unidos. Giraría en torno a dos individuos dueños de un indiscutible talento y de unos muy particulares estilos personales de hacer política. Los programas de los partidos pasarían a un segundo término, una tendencia que se ha mantenido incólume desde entonces, apuntalada por la enorme influencia que han cobrado los medios masivos de comunicación.


Nixon se presentaba como el hombre experimentado, único capaz de garantizar la continuidad de la prosperidad económica conocida en los años de las administraciones de Eisenhower. El vicepresidente, apenas cuatro años más viejo que Kennedy, había hecho una carrera política meteórica, que había comenzado en 1946 con su sorpresivo arribo a la Cámara de Representantes.


Dos años más tarde, Nixon fue electo como Senador por California. Durante sus años como legislador, había obtenido notoriedad nacional por su participación como "cazacomunistas" en el comité de actividades antiamericanas, siendo uno de los verdugos en el caso de Alger Hiss.


En 1952 se convertiría en vicepresidente de Eisenhower. Mal visto por el segmento moderado del Partido Republicano, su astucia, su perseverancia y, en ocasiones, su oportunismo, le permitieron a Richard Nixon mantenerse en la cumbre hasta ser nominado candidato a la presidencia.


John F. Kennedy era un joven patricio procedente de una de las mejores familias de Massachusetts. Hijo de un financiero y ex embajador, Kennedy se había preparado en prestigiadas escuelas y universidades, había sido condecorado por su desempeño en el frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial e ingresado a la Cámara de Representantes justamente el mismo año en el que lo hizo Nixon. Fue electo senador en 1952, tras vencer al prestigiado Cabot Lodge y casi fue nominado para la vicepresidencia en 1956. Dueño de un indiscutible carisma, Kennedy emprendió una intensa campaña enarbolado las banderas del cambio.


En un principio, Richard Nixon tenía una cierta ventaja sobre su rival en las encuestas. Como vicepresidente, era mejor conocido a nivel nacional. Además, muchos electores protestantes tenían serias dudas de la conveniencia de elegir como presidente a un católico. También se percibía a John F. Kennedy como demasiado joven, inexperto e incluso frívolo. Pero los republicanos cometieron varios errores de estrategia. Han corrido ríos de tinta sobre los debates televisado, considerados como el verdadero "punto de inflexión" de esta histórica campaña.


En 1960, por primera vez la televisión jugaría un papel político de primera importancia, cosa que supo aprovechar muy bien el telegénico Kennedy. Los candidatos celebraron una serie de cuatro debates televisados, que fueron presenciados aproximadamente por 75 millones de electores. Hay consenso en decir que el más influyente de estos encuentros tête-à-tête fue el primero, al que Nixon, en su obsesión por hacer campaña "a la antigüita" recorriendo como loco todos los estados llegó cansado y nervioso. Incluso tenía aspecto de enfermo (había sufrido una infección días antes.) También se negó a ponerse maquillaje para este primer debate, con lo que no pudo disimular una barba incipiente que, francamente, lo hizo verse muy mal.


Kennedy, por el contrario, proyecto aplomo, conocimiento de los temas y gran simpatía. Se estima que 80 millones de espectadores vieron el primer debate.


Mucho se ha dicho que la mayoría de las personas que vieron el debate en la televisión dijeron que Kennedy había ganado, mientras que los oyentes de radio señalaron en Nixon al ganador. Pero lo cierto es que a partir de este momento Kennedy dio un vuelco en las encuestas y ya no perdería esa ventaja. En los otros tres debates a Nixon le fue mucho mejor, pero el daño de la primera impronta ya estaba hecho. Más importante, en estos debates Kennedy logró verse "presidenciable", que es lo único que en realidad necesita un candidato que se presenta en una lid electoral con la etiqueta de ser "menos experimentado".


La elección de 1960 ha sido, en términos del voto popular, la más reñida de la historia de los Estados Unidos. La diferencia entre e l vencedor y el vencido fue de apenas 114,673 votos. Los republicanoshan promovido desde entonces la idea de que se les robaron la elección, sobre todo en Texas e Illinois, estados que resultaron clave para el triunfo de Kennedy y que el demócrata ganó por muy escaso margen. En Texas, estado natal de Lyndon Johnson, Kennedy venció a Nixon por una diferencia de unos 46,000 votos. Mucho se habla de que la muy bien aceitada maquinaria demócrata en el estado manipulo para hacer crecer artificialmente la votación a favor de Kennedy en algunos condados pegados a la frontera con México. También se hizo célebre el caso, por ejemplo, del condado Fannin, el cual tenía solo 4,895 electores registrados, pero donde el día de la elección se contaron 6,138 votos, de los cuales más de tres cuartas partes fueron para Kennedy.


LET´S MAKE AMERICA GREAT AGAIN

(Estados Unidos, 1980)




Varias calamidades al interior y al exterior de los Estados Unidos se concatenaron en 1980 contra Jimmy Carter, mismas que desembocaron en una abrumadora victoria del candidato republicano, Ronald Reagan, en las elecciones presidenciales de éste año.


La incertidumbre que vivía el país más poderoso del mundo al principiar la década de los ochentas en medio de una grave crisis económica, con 53 norteamericanos mantenidos como rehenes en la embajada de Estados Unidos en Teherán y con el expansionismo soviético otra vez alzándose amenazante en el horizonte, determinó el advenimiento a la Casa Blanca de un hombre con una filosofía política marcadamente conservadora.


Carter había llegado a la presidencia en un momento difícil de la historia de los Estados Unidos. El escándalo Watergate, las secuelas de la guerra de Vietnam, el aumento de la delincuencia, la crisis energética, el desenmascaramiento de la CIA, la inflación y el desempleo inspiraban escepticismo sobre el futuro de la sociedad estadounidense. Por eso el nuevo jefe de Estado buscó desde