Consultoría Vs Cambio Global. Cómo entender el nuevo mundo electoral.






I

Hace 66 millones de años, la tierra y su historia cambió para siempre. Un asteroide gigantesco impactó a la tierra, en la Península de Yucatán, México. Lo hizo cerca de una zona llamada Chicxulub. La cicatriz física del impacto mide 177 kilómetros de diámetro.

Las cicatrices profundas casi no las percibimos, pero ahí están. A partir de Chicxulub se extinguieron los dinosaurios. Murió gran parte de la flora. Se abrió un periodo de oscuridad. Se congeló la tierra. Quizá más del 60% de las especies perecieron.

Fue el día en que todo cambió.






II

La sociedad global está cambiando velozmente. La política también. La magnitud, extensión y profundidad del cambio es tal que demandará de los profesionales de la consultoría una capacidad de adaptación y anticipación mayúscula. No estamos ante un cambio en las reglas del juego: es un cambio de juego.

Los ciudadanos están modificando velozmente sus patrones de conducta. De la forma como se interrelacionan. Como participan. Como se informan. Como producen. Como se divierten.


Esta transformación está desplazando los fundamentos tradicionales de la estrategia, la comunicación y la movilización política. Del comportamiento de candidatos. Está transformando los códigos de ética y cortesía política. Los medios pierden credibilidad e influencia. Los modelos predictivos fallan. Los partidos pierden calado. La identidad política es cada vez más difusa. Hay una demanda generalizada, sistemática, permanente y constante de buenos resultados a los gobiernos. La presión sobre la gobernanza es creciente.


Vivimos el tiempo de la incertidumbre y de la inestabilidad.


En el futuro inmediato, la certeza será esa: estar preparado para lo inesperado.


III

La patología de la globalización es la ansiedad. La del poder globalizado, la desesperanza. Los ciudadanos sienten, con razón, que no están representados sus intereses en las esferas de poder. Se tiene la certeza de que las cúpulas dominantes simulan representar el bien común, tutelar la res pública, para en realidad acumular beneficios para sí.


El descontento se ha extendido como un virus a nivel global: el ciudadano irritado ha derrumbado lo mismo teocracias que democracias pervertidas, que populismos o democracias funcionales. Nada cambia. Y eso desemboca en la desesperanza y la radicalización de las agendas.


En la última década, han sido derruidos 22 gobiernos. Seis en la “Primavera Árabe”. Cuatro en Italia. España tuvo dos elecciones y 10 meses sin gobierno. Diez en América. Inglaterra votó por salir de la Unión Europea. Colombia votó en contra de los acuerdos de paz que pondrían fin a una guerra de 52 años. Donald Trump pone en riesgo los fundamentos cívicos y quizá legales de la democracia moderna más solida del mundo. Italia votó en contra de la modernización de su sistema político e hizo quebrar un nuevo gobierno.

En la mayoría de los casos, la primera noticia es que los resultados fueron inesperados. La segunda, que las personas optaron por cambios radicales. La tercera es que poco ha cambiado. La cuarta es que, precisamente por la falta de resultados tangibles, la política se vuelve cada vez más agresiva, contestataria, demoledora.


Los datos, con todo, no dejan lugar a dudas: los ciudadanos están votando sorpresivamente, pero no irracionalmente.


Están votando para reencontrar una representación real. Y lo están haciendo por buenos motivos.


IV

Hay una desconexión entre las formas tradicionales de hacer campaña y ejercer el poder, y las necesidades de una sociedad indignada, agraviada y deseperanzada.


Cada vez con mayor frecuencia, las personas optan entonces por elegir al antihéroe. El político tradicional es desechado. Se buscan justicieros, no estadistas. Verdugos, no jueces. La voladura de lo políticamente correcto, vende. Y vende bien.


Vicente Fox aparece como una pálida caricatura ante Trump. En San Blas, México, es electo por segunda ocasión un alcalde, Hilario Ramírez Villanueva “Layín”, que confesó que en su primer gobierno había robado, pero poco. Nicolás Maduro aseguraba comunicarse con el espíritu de Chávez a través de un pajarito. Los políticos ingleses que ofrecieron el Brexit se caracterizaron por mentir sistemáticamente, por exacerbar el sentimiento xenófobo, por culpar al migrante de la desdicha. En España surgen movimientos que pugnan por la ruptura del sistema tradicional de partidos: Podemos y Ciudadanos.



En México, un ex gobernador que ha sido mediáticamente señalado de innumerables abusos y excesos. Cuyos colaboradores más cercanos del área financiera están encarcelados o prófugos. Que mintió a la autoridad hacendaria federal para contratar deuda, Humberto Moreira, aparece con índices imbatibles de popularidad en su estado, Coahuila. Cumplirá en 2017 seis años de haber dejado el poder y haber sido sometido a una estrategia de demolición brutal. Los grupos de enfoque lo corroboran. Es idolatrado. La gente piensa que robó. Piensa que cometió excesos. Pero era atento como nadie. Cercano. Más: era el mejor bailarín, dicen.


El nuevo tipo de candidato es el que rompe los convencionalismos. El que miente con descaro. El que identifica su base y exacerba sus fobias. El que abraza el cinismo. El que ostenta sus pecados y confiesa haber torcido la ley. El que ofrece revancha. En fin: el antihéroe.


V

El antihéroe debe tener una característica. Es un cruzado. Un justiciero. Un vengador. Es también, a menudo, un converso.


El viejo sofisma de que las personas votan por las propuestas puede guardarse, por el momento, en el desván. Aunque siempre fue más una declaración políticamente correcta que un hecho, lo cierto es que hoy la gente aspira a una propuesta y solo una: castigo.


En las elecciones de gobernador en México del año 2016, en donde se renovaron 11 gobiernos estatales, tres de los candidatos triunfadores basaron su campaña en una oferta central: encarcelar al gobernante en funciones[1]. No es un fenómeno exclusivo de México por sus problemas particulares de abusos y corrupción. Macri deslizó la idea de castigar a Cristina Fernández. Trump fue el primer candidato en la historia de Estados Unidos en declarar que metería a la cárcel a su oponente, Hillary Clinton.


Las personas están haciendo a un lado las reputaciones personales de los oferentes. Su pasado. Su biografía. No importa: el hartazgo, la indignación, el rencor es tal que prefieren condenar su futuro con tal de purgar el pasado.


VI

La verdad, decía Churchill, es algo tan preciado que debe resguardarse con una escolta de mentiras. Mentira y política no son ajenas: van de la mano. No obstante, el uso indiscriminado de la mentira como herramienta electoral es cada vez mayor. Se ha sistematizado. Expandido. Generalizado y más: ha roto todas las fronteras de lo permisible.


Hillary Clinton tuvo al menos siete sitios de verificación de datos que perseguían día y noche los dichos de Donald Trump. Una y otra vez, día con día, desenmascararon sus mentiras, sus inexactitudes, sus sobre representaciones. No sirvió de nada.


Trump, por su parte, inundó las redes sociales con páginas de información falsa, que desdibujaba a su contrincante. La gente desechó la verificación de la verdad y optó por creer, voluntariamente, en la mentira. FakeNewsWatch, ONG vigilante de sitios de desinformación, tiene identificados 87: 30 de noticias falsas, 14 de satiras y 43 de subinformación. De acuerdo a Buzz Feed News, en los 3 meses finales de la campaña de EU, las 20 principlaes noticias falsas generaron 8.7 millones de reacciones, comentarios y compartidos, contra 7.3 millones de las 20 noticias verdaderas difundidas por medios digitales serios. Más: una encuesta de Ipsos señala que 75 de cada 100 norteamericanos creen en las noticias falsas que leen en digitales.


La campaña en favor del Brexit estuvo plagada de simplificaciones. La del NO en Colombia inyectaba rencor y miedo tras una gruesa capa de desinformación.


El tercer sitio de noticias web en México se llama Deforma. Es una suerte de parodia del respetado diario Reforma. Como su nombre lo indica, se dedica a deformar la realidad. A trivializarla. A inventar la noticia o a llevarla al grado del absurdo. Y vende.


VII

Llaman la atención dos datos que se repiten una y otra vez en las encuestas en México. La gente acude a los medios pero no les cree. Segundo dato: La mejor fuente de información es la que se obtiene de amigos.


Conclusión: la gente le cree a la gente.


Los medios perdieron el rumbo. Lo hicieron por diferentes razones, pero una es central: cayeron en la tentación de dejar de ser medios para ser protagonistas. Jueces. Dictadores de la agenda pública. En su hubris, no solo subinforman o desinforman: en ocasiones confeccionan la información. La inventan, como en una novela de Irving Wallace.


Esto tampoco es nuevo. La confección del consenso, recuerdan Ignacio Ramonet y Noam Chomsky, se remonta a un experimento de Woodrow Wilson a fin de generar el ambiente propicio para que Estados Unidos entrara en la Primera Guerra Mundial.

Lo nuevo es que los medios se han vuelto abiertamente militantes. Sin mayor pudor, desde su línea editorial tratan de definir el resultado electoral o de la gobernabilidad.


Pero han fracasado estrepitosamente.


La influencia de los medios es cada vez menor porque cada vez es más reducida su credibilidad. La gente sabe más de lo que piensa el establishment. La gente, por su parte, cree que sabe más de lo que efectivamente sabe.


Donald Trump gastó alrededor de 70 millones de dólares en medios. Hillary Clinton, más de 400 millones. El Washington Post, el New York Times, los medios presuntamente más influyentes de Estados Unidos, se pronunciaron por Clinton. No fueron los únicos: 500 publicaciones lo hicieron. Se incluían 57 diarios de los 100 de mayor circulación, de acuerdo a The American Presidency Project.


Su influencia real se evidenció. Acaso también su credibilidad.



La irrupción de las nuevas tecnologías explica en parte, solo en parte, este deterioro. El mundo digital no se irá y su influencia será creciente. Pero la debilidad de los medios no se debe solo a esto. La radio no hizo desaparecer a los diarios. La televisión no enterró a la radio. Ocurre que los medios olvidaron su función. Pasaron a ser más empresas que medios. Más hombres de poder que periodistas. Más candidatos que reporteros.

Tanto jugaron con la verdad que ahora nadie se las cree. Aunque la digan.


VIII

Los gobiernos viven una etapa de crisis global. Junto con ellos están los congresos, los partidos.


Hay, por tanto, una crisis de la política.


El signo común de los gobiernos es la reprobación. De 20 mandatarios en América, solo 9 son aprobados. De ellos, dos -Barack Obama y Juan Orlando Hernández (Honduras) apenas aprueban: 52 de cada 100 ciudadanos los respaldan. Uno más, Justin Trudeau, alcanza 55.


Peor son los reprobados. Nueve mandatarios no superan el 30 por ciento de aprobación. Los sotaneros son el presidente Luis Guillermo Solís de Costa Rica con 10 por ciento de aprobación. Michel Temer, de Brasil, 14.


Terror: los niveles de aprobación de Maduro y Bachellet se besan. 21 él. 22 ella. Los ciudadanos no perciben diferencia entre la forma de gobernar en Venezuela que en Chile. Enrique Peña Nieto registra en México, en la medición de finales de noviembre, un 24%. Roza la popularidad de Maduro.


La reprobación no es exclusiva de América. Hollande tiene 12. Rajoy 25. Netanyahu, 29.

De 32 mandatarios locales, en México reprueban 19. El peor, Javier Duarte, de Veracruz, registraba antes de su renuncia 11 de aprobación.


Hay una presión sobre los gobiernos que se refleja en una presión a la gobernanza. Brasil está sumergida en un tobogán de inestabilidad. Venezuela hierve. Guatemala encarceló a su presidente. Honduras está en un proceso similar. Italia cruje. Turquía apenas sobrevivió un golpe militar.


Los datos no mienten: se dislocó la conexión entre gobernantes y gobernados.


IX

En este entorno, estamos obligados a replantear nuestros modelos de trabajo. Claramente la política está viviendo un efecto péndulo que se desliza de la comodidad y abuso del establishment a la incertidumbre del populismo y la frivolidad.


Si no somos capaces de entender las nuevas motivaciones del ciudadano para participar e involucrarse activamente en los procesos políticos, terminaremos por socavar los fundamentos profundos de las democracias. Los neopopulismos, de Trump a Boris Johnson; de Le Pen a Maduro; de Erodgan a López Obrador, terminarán por desmantelar muchas de las bases de participación política independiente. Su estrategia se basa en ello: en polarizar. En confrontar. En desafiar a los medios. A las oposiciones. A los congresos. En construir narrativas en donde existe un mal común identificable.


Este modelo político pretende inflamar las pasiones haciendo explotar viejos rencores y prejuicios. Es puramente emocional. Ha sido electoralmente efectivo, pero será muy costoso en términos de eficiencia gubernamental.


La política es un tema demasiado complejo para simplificarlo. Un gobernador de México nos dijo hace un año, recién electo, que lo difícil es ganar elecciones. Lo fácil es gobernar. Abundó: “Seré el primer gobernante Facebook de la historia humana”. Hoy, su aprobación es de solo 39%. (El Financiero)


El retorno del demagogo es una pésima noticia para la democracia. Con todo, quienes pretendemos dar contenidos y una nueva dimensión de responsabilidad a la política estamos urgidos de reencontrar las conexiones afectivas con la sociedad. A reinventar las narrativas. A replantear los modelos de deliberación y participación.


Para lograrlo, tenemos que entender al nuevo electorado. No es un nuevo elector. Las mismas personas tienen un comportamiento electoral diferente. Al lado de ellos, efectivamente, hay una nueva generación: apática. Crítica. Irreverente.



Estamos ya trabajando en generar nuevos modelos predictivos. La sociedad se ha vuelto más compleja. La forma de predecir sus sentimientos no tiene porqué ser diferente.


Como se radicalizan cada vez más las agendas, surge frecuentemente el ocultamiento de la intención ante la certeza de que se milita en el bando de lo políticamente incorrecto.

A los estudios cualitativos y cuantitativos, hay que añadir un nuevo espectro de variables. Electorales, mediáticas, digitales, personales, antropológicas, semióticas, sociodemográficas. A partir de ahí, deberemos generar nuevos planteamientos estratégicos y tácticos.


Hay tres dimensiones estratégicas clave que se están rediseñando: el candidato, el mensaje y la movilización electoral.


Ante el deterioro de las maquinarias partidarias, la necesidad de un nuevo tipo de candidato es fundamental. La columna vertebral del nuevo candidato se basa en el carácter. Progresivamente se deberán construir nuevos liderazgos que vayan inundando los archipiélagos de descontento. El nuevo candidato exitoso tendrá que ser un líder. Y el nuevo liderazgo tiene como característica central un elemento seminal: la autenticidad. Pero reconectar a la política con la necesidad ciudadana implica generar no solo liderazgos auténticos sino responsables, comprometidos y eficientes. Por lo mismo, las campañas de ambiente cien por ciento controlado, a nuestro parecer, se están agotando. Si, como veremos, el nuevo mensaje debe ser sobre todo espontáneo, el líder que lo encarne deberá arriesgar, romper algunos convencionalismos pero, sobre todo, asumir causas. La política es de causas y estas a menudo se han perdido en la búsqueda de la complacencia.


La segunda variable estratégica clave que deberemos replantear será el mensaje. Los neopopulistas, radicales y ultras están entendiendo bien las motivaciones de sus bases. Hay que hallar los eslabones de la cadena de incentivos a la participación a partir de mensajes más efectivos, concretos y precisos para movilizar a los flancos no extremistas de la sociedad.


Los canales de difusión de ese mensaje deberán ser más variados, inmediatos y espontáneos. Para nosotros, la clave de la nueva difusión está ahí: en la espontaneidad. Si la gente cree en la gente, hay que hacer que la gente opine y produzca sus propios contenidos. En el mismo sentido, la confección del nuevo mensaje político deberá despertar el interés genuinamente periodístico y de opinión, que no mediático. La era de la publicidad pagada está terminando.


La tercera dimensión estratégica clave que está en proceso de reingeniería es la movilización electoral. El clientelismo es una condición necesaria, no suficiente, para ganar. Las maquinarias electorales más poderosas están siendo derrotadas con mayor frecuencia por una movilización extremadamente potente: la de los sin partido. Típicamente, los votos duros acumulados de los partidos no rebasan el 40% del total de votos. En México lo estimamos en 30%. El ciudadano de a pie está cambiándolo todo. Lo sabe el PRI, el PSUV, el PSOE, el partido Demócrata.


Los incentivos para generar esa participación independiente será la llave del éxito electoral y del respaldo gubernamental en el futuro inmediato. Las coordenadas para lograrlo residen en la construcción de conglomerados sociales cuyo sustento sea la confianza.


Los tácticos, por su parte, están en un proceso de renovación absoluta. Habremos de reconocer que, si las condiciones del entorno son cada vez más cambiantes, los estrategas deberemos estar dispuestos a tener tácticos 100% flexibles. Ya no hay recetas inapelables. Un evento puede cambiar la totalidad de los cursos de acción política preconcebidos. Y ese evento transformador se puede dar muchas veces. El entorno no se controla. En la campaña de Veracruz, los shocks externos impactaron de frente a la campaña del PRI hasta dos veces por semana.

Los viejos mandatos estratégicos deben servir como referentes, no como biblias. Los estrategas demócratas se burlaban de Trump porque se lanzó los últimos quince días a pueblear: hacer mítines pequeños en zonas suburbanas. Para colmo, decían, se había concentrado en zonas demócratas: Pensilvania, Wisconsin, Virginia. Un suicidio, dijeron: pues no.


El PRI vio con desprecio cómo Francisco Domínguez se lanzaba a una campaña terrestre en su búsqueda por la gubernatura de Querétaro, el estado mexicano que registró el amor crecimiento económico en 2015 (7.7%). Una campaña de contacto personal era una locura en un estado como ese. Bueno, no tanto. Domínguez ganó con la votación más alta del PAN en esa elección.


La capacidad de medir los resultados reales de los tácticos estará centrada en tiempo real, más allá de los trackings.


No cabe duda: hay un nuevo juego. Estamos dispuestos a jugarlo. Y ganar. C&E




[1] Javier Corral (Chihuahua),Carlos Joaquín González (Quintana Roo) y Miguel Ángel Yunes Linares (Veracruz)


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