1024X160_PONTE-VIVO_CUBREBOCAS.jpg
1024X160_PONTE-VIVO_LAVADO.jpg

Tres claves para ganar una campaña electoral Candidato + Programa + Estrategia




Los avatares internos y las presiones externas por las que atraviesan los partidos políticos, son, en ocasiones, sobrevenidas, aunque siempre pueden preverse. En política nada ocurre por casualidad o signo de un destino manifiesto, como podría creerse. Las marcas de una organización política, cuyo objetivo primordial es alcanzar el poder para gobernar a su nación, su distrito, su comunidad, su pueblo chico es su razón de existir. Dado el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación, además de las tres claves señaladas al inicio de este artículo, hay que colocar otra principal, que si bien no es una clave en sí misma, articula a las otras tres, nos referimos al Marketing político y la Comunicación. Si no es una clave principal, sí que es un enclave al que hay que prestar toda la atención, ya que significa la capacidad, mayor o menor, de transmitir lo que son las tres claves para ganar una campaña electoral, que es de lo que se trata cuando la planificamos.






Planificar una campaña política electoral se asemeja mucho a trazar un guion a desarrollar, tal como hacen los cineastas antes de empezar a rodar su película. Tal cual, cuando se inicia la batalla por ganar unas elecciones, los pasos, los tiempos, los mensajes, el programa y, desde luego, la estrategia general tienen y deben estar trazadas. No es, sin embargo, un guion de hierro. Muy por el contrario debe ser flexible y ser corregido sobre la marcha, ya que en la misma intervienen los otros candidatos, que aspiran, igualmente, a ganarlas.







EL CANDIDATO. La primera clave es el candidato. Su liderazgo, debe ser real, auténtico, tanto en el entorno de su propio partido, como hacia el exterior. Eso se puede mejorar, pero crearlo es difícil. El ser líder y saber transmitirlo con eficiencia no es un tema baladí, se tiene esa cualidad o no. Muchas elecciones se han perdido por haber elegido al candidato equivocado. A veces un partido no tiene otro camino que aceptar al elegido por unas primarias y los votos internos manda. Ha ocurrido en las recientes elecciones en EEUU, donde el veterano partido Republicano ha tenido que aceptar a un candidato ajeno al aparato tradicional de esa agrupación. Un Donald Trump sobrevenido que ha ocasionado la sorprendente decisión de republicanos de toda la vida, declarando públicamente que van a votar a la candidata del partido rival, la demócrata, Hillary Clinton. Quiere decir que también en ocasiones terminales un partido puede elegir a un candidato que no es un político profesional, como Trump o que no representa cabalmente los ideales democráticos de ese partido. En tal caso, las posibilidades de fracaso se incrementan. Tal como ha sucedido en el pasado cónclave electoral estadounidense.


El primer paso es contar con un candidato fuerte, sólido, carismático, fiable y confiable. Con un pasado a prueba de todas las pruebas en contra ya sean forjadas o ciertas. Eso facilitará los pasos siguientes. Debe conocer el territorio donde se presenta. Si es a ser presidente de una nación entera, su conocimiento tiene que ser lo más amplio y profundo. Los problemas fundamentales que preocupan a sus electores y las soluciones (que plasmaremos en el Programa de Gobierno). Para ello el candidato tiene que contar con un sólido equipo de consejeros-expertos en cada tema. La economía, macro y micro; los asuntos internacionales; la asistencia sanitaria; la empleabilidad real; los baremos del crecimiento; el estado de bienestar y su subsistencia real; el crecimiento posible de la economía, entre otros temas fundamentales, sin olvidar señalar lo que el anterior gobierno ha dejado de hacer, sobre todo si es un partido de la oposición. Si fuera el suyo propio tiene que señalar sus logros y cómo él los hará avanzar aún más.


Un candidato puede aparecer débil y sin horizonte claro si no conoce a fondo de lo que se trata gobernar. Tarea nada fácil, sin consideramos las diversas variables que intervienen en una decisión de Estado, que puede perjudicar a grandes sectores de la población. Un ejemplo puede señalarse en el reciente concluido gobierno de Mariano Rajoy en España, donde tuvo que tomar decisiones que han debilitado los logros alcanzados por la sociedad española en el campo del Estado de bienestar, asistencia sanitaria, pensiones, sueldos públicos. Impelido por la crisis financiera y por los requerimientos de contención de gasto público impuesto por la UE. Pese a esto, un candidato tiene que prever tales horizontes. Los propios de su país o región, sin olvidar los que pueden ser impuestos por organizaciones supranacionales. Por tanto, un candidato que aspira a ganar sus elecciones debe comenzar por aparecer como el mejor gobernante posible. Tiene que tener la respuesta adecuada para cada problema. Ese es el primer paso para poder aspirar a ganar, incluso a ganar con una ventaja más que solvente.


LA ORGANIZACIÓN. Antes de entrar en la oferta principal que es el Programa Electoral, que se convertirá en el de Gobierno al ganar las elecciones, debemos pasar por el indispensable paso de la organización el equipo electoral. Todos los manuales al uso recomiendan dos: la horizontal y/o la vertical. La primera asegura decisiones colectivas, al menos las más importantes, tiene en su contra la menor rapidez al tener que ser consensuadas por más personas. Como ventaja el aporte de los distintos puntos de vista y las experiencias anteriores de quienes han participado en campañas. La vertical carece de ese amplio consenso, pero es más operativa, ofrece mayor distribución de las tareas a partir del núcleo duro. En todo caso es una decisión del comando central de la campaña, que en unión del candidato deben señalar cuál tipo de organización conviene más. Claro está que pueden combinarse ambas estructuras. Todo en función de la operatividad si la distribución de tareas a cierto nivel medio e inferior, facilita la toma de decisiones, aunque ampliando el núcleo fuerte central en la toma de decisiones fundamentales, y dejando un mayor espacio hacia abajo. Asimismo, los expertos (Maarek.1997, 192) recomiendan que la primera decisión es que el candidato nombre a un Director o Jefe de Campaña y a un Coordinador de Campo de reconocida experiencia. Si ambos son experimentados y eficientes, la mejor opción podría ser una organización vertical. Y hay que estar atentos que una campaña electoral es tan vertiginosa, que obliga a tomar decisiones, a cambiar detalles de la estrategia con mucha más celeridad que en otras. En estas campañas no se permite perder tiempo.


Los dos cargos principales deben tener dos cualidades principales: ser líderes sólidos en su entorno y excelentes diplomáticos. Hay que recordar que es un trabajo en tensión, trabajan si red de protección, a pecho descubierto y su objetivo es ganar las elecciones para su candidato. Ambos deben coordinar los tiempos de la campaña y coordinar las diferentes instancias: el gabinete del partido, los contactos internos y externos, los medio de comunicación, las RRSS, la propaganda, las conversaciones con los otros partidos, las encuestas independientes, los voluntarios, etc.


Asimismo en esta etapa de organización general, cobra un lugar de primera magnitud fijar el coste general de la campaña y su financiación. Los costes de mítines, correo directo, creación de publicidad, imprentas, presencia en Medios, honorarios de asesores, etc. Tales costos se cubren con los presupuestos propios del Partido a través de las asignaciones directas del Estado, pero que hay que completar con aportes de voluntarios (empresas o particulares), que están reguladas por ley. En este tema es necesario apuntar los necesarios controles ya que ha originado no pocas denuncias en los tribunales, por financiación irregular, al menos en el caso de España. Para toda esta parte de la campaña, que debe ser manejada con absoluta pulcritud, el Partido debe nombrar a un Tesorero o Gerente de probada confianza y nivel profesional.


EL PROGRAMA. En la base de esta etapa, que debe estar lista antes de comenzar la campaña, se sitúa lo que ofrece el candidato como signo original y distintivo de sus oponentes. Un programa electoral, que se convertirá en el programa de gobierno, al ganar la contienda electoral, es la guía, la oferta y la promesa de un candidato que aspira a gobernar con acierto. Por tanto, debe contener las líneas maestra de su actuación. Dividir esa presentación en capítulos para facilitar su lectura y comprensión, no debe apartar de la coherencia y unidad de la acción gubernamental. Los que elaboran este mensaje general deben estar organizados en equipos de especialistas en cada ítem. Un comité de redacción debe dar coherencia al discurso y unificar su texto.


Sus apartados deben plantear los problemas y soluciones. Una acertada técnica es explorar las fortalezas y debilidades del anterior gobierno, para partir de trazar un diagnóstico preciso. Es, por tanto, indispensable que se trasluzca en dicho programa una toma de posición del candidato ante los problemas a resolver y cómo hacerlo. Esto obliga al candidato a ser específico, lo cual le facilitará su defensa en el transcurso de la campaña. Aquí hay que valorar y tener en cuenta las percepciones que tenga el electorado de determinadas situaciones. (Martin Salgado. 2002, 211). “(…) son las percepciones y no la realidad lo que cuenta”. Los fracasos de un gobierno al que se quiere sustituir, y que son evidentes tienen una fuerza positiva para el nuevo candidato, pero no se puede caer en promesas inciertas. El programa debe ser claro y preciso en cuanto al diagnóstico y sus soluciones. El programa es la guía para desarrollar la estrategia y los mensajes a desarrollar.