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ADN de la política latinoamericana

Por Augusto Hernández

Para iniciar, resulta interesante saber qué es el ADN. En palabras sencillas y llanas, este, es el ácido desoxirribonucleico y es aquel que contiene toda la información genética hereditaria, que sirve como una especie de “instructivo” para desarrollarnos, vivir y reproducirnos. Gary Felsenfeld (1985) cita el modelo James Watson y Francis Crick en 1953, considerándolo entre otras muchas cosas el “símbolo más familiar de la revolución biológica…”, el cual, “…provocó un impacto particularmente intenso…”, es decir, algo altamente revolucionario en los trabajos por conocer de qué estaba compuesto el ser humano desde los años 40´s. Felsenfeld señala que la doble hélice del material genético, es la molécula fundamental para la vida, le observa con 2 características principales, como lo es su variabilidad y flexibilidad. Asimismo, asegura que, en su mensaje hereditario, esta molécula actúa activamente con proteínas reguladoras y otras moléculas para lograr su objetivo principal, el de trasladar la información genética hereditaria a las células de nueva creación.


Sin embargo, saber o conocer la definición más sencilla del ADN no bastará para tener contexto suficiente para esta lectura ligera, por ello, pareciera necesario recordar que los hechos que condujeron al descubrimiento de la estructura de la doble hélice de la molécula ADN, es relativamente nueva y data de principios de los años 50. Guevara (2004) sostiene que conocer la historia sobre su descubrimiento debe tomarse a manera de ejemplo, el cual, demuestra que el avance de la ciencia está originado por la acumulación progresiva de nuevos conocimientos, mismos que detonan el planteamiento de problemas novedosos o actuales “… de allí el carácter infinito de la ciencia…”, Guevara también sostiene que la ciencia no debe verse como consenso entre los que “saben” o tiene voz autorizada dentro de la comunidad de investigadores, sino que deberá ser siempre resultado de un trabajo conjunto entre teoría y práctica, siendo la última, fundamental para dar explicación a fenómenos que ocurren en el mundo material, lo meramente cotidiano.


Ok, ya sabemos que significa y en términos muy generales qué es, pero… ¿Qué función tiene el ADN?


Además de su función más evidente, la de proveer la información genética que nos determina, tiene otras funciones, por ejemplo: Replicación; Codificación; Metabolismos celular y; Mutación, mucho ojo con esta última.


En palabras simples y llanas, la función de replicación, es relativa a la capacidad de hacer copias de sí mismo permite que la información genética se transfiera de una célula a las células hijas y de generación en generación; por su parte, la codificación de las proteínas adecuadas para cada célula se realiza gracias a la información que provee el ADN.


Metabolismo celular tiene que ver meramente con reacciones químicas y por último, la función de mutación, esta, tiene que ver con nuestra evolución como especie, ya que está determinada por el ADN, sin dejar de mencionar que la diversidad biológica responde a esta capacidad.


Pero, seguramente a estas alturas se preguntan, ¿todo esto qué tiene que ver con la política de América Latina?, la respuesta es simple, nada.


Sin embargo, quisimos hacer uso de una figura retórica de pensamiento, bajo el uso del ADN, para visualizar por medio de una conceptualización de realidad, lo que este representa y que guarda una singular semejanza.


Una vez dicho esto, vayamos a un análisis rápido de corrientes políticas con ayuda de un texto de Rodríguez (2001), definidas principalmente por la ciencia política europea y más aún, conceptualizaciones nacidas de la Revolución Francesa –algunos años atrás ya-. Conceptos de corriente o escuela política de izquierda y derecha o vistos únicamente como posición política, fueron considerados como un espectro político unidireccional, el cual, parte de un eje polarizado que corre de izquierda a derecha, para luego –algunos años después de su nacimiento- entender que durante este viaje debía existir un punto medio o central; sin embargo, pareciera que esta ideología después de cerca de 2 siglos ha entrado en una clara confusión de referentes.


Tanto la izquierda tradicional y más férrea combativa, día a día pretende moderar su discurso para resultar asequible a estratos medios y altos del electorado, como la derecha histórica y hasta la “yunquista”, ha modificado su speach y discurso con rumbo populista, intentando lograr adeptos entre el proletariado y los estratos mayoritarios en el mundo, aquellos que menos tienen. Por ello, la manera en que se están superponiendo los discursos, hace muy difícil poder identificar hasta para el mismo círculo rojo quien está en la diestra o a la siniestra, mucho más, entender si existe realmente un punto medio real o simplemente todo es más de lo mismo en una lucha únicamente por el poder.



El ADN político en México y América Latina ha dejado de cumplir con su función principal y más evidente, según vimos al inicio, servir como “manual” o “instructivo” para cumplir un ciclo de vida, en el cual, nos desarrollamos, vivimos, reproducimos y morimos. Pareciera que, al medio político latinoamericano, la función de mutación no le ha llevado a la evolución como especie, sino que más bien, esta función definida por el ADN le ha llevado a desarrollar una nueva skill similar a la que tienen algunos animales reptiloides o insectoides, tal es el caso del camaleón, el Gecko de Madagascar o Insecto palo, entre otros, me refiero a la habilidad de mimetización.


Para la biología, la mimetización refiere a adoptar la apariencia de los seres u objetos del entorno; sin embargo, de acuerdo con Girard, citado por Burbano Alarcón (2003), la mimetización “es humana por naturaleza”. Asimismo, Ruggieri (2013) le considera como: “… una tendencia automática a sincronizar expresiones afectivas, vocalizaciones, posturas o conocimientos de la otra persona”. Con esto, entendemos que la mimetización de la clase política en América Latina está surgiendo como evolución que busca la supervivencia, la supervivencia en el poder, supervivencia de privilegios, negación a abandonar cierto estatus quo y por encima de todo, como adaptación de una clase –la política- que cada vez es más repudiada por la sociedad, que cada vez recibe más crítica, más reproche, más fiscalización desde el empoderamiento social a través de las redes sociales y plataformas que amplían el espectro de acción y alcance de un derecho de expresión.


El ADN de la política latinoamericana no está definiendo la ruta a seguir con base en ideologías políticas firmes o de convicción, sino que orienta en la gran mayoría de personajes, una actuación “chapulina”, “camaleónica” o de camuflaje, en donde no fijan una postura y la defienden por creer en ella, sino que se adaptan al medio, van de derecha a izquierda, en un vaivén, al ritmo de vals o un velero en altamar, con singular alegría y gracia, hombres y mujeres –no en su totalidad- critican y hasta insultan una postura y 3 ó 6 años después, la defienden con uñas y dientes, ese ácido compuesto por Adenina, Guanina, Citosina y Timina de la política pareciera alejarse de la evolución y dirigirles hacia la extinción.


La sociedad, esa sociedad 3.0, a veces líquida, individualista y digital, otras, secular, desenfadada pero crítica, entretenida antes que informada y hasta repulsiva ante lo institucional, se encuentra sin lograr definirse en una corriente política o ideología, no sólo por su ignorancia y apatía a encontrase e identificarse plenamente, sino a causa del doble discurso de los institutos políticos, un discurso sin fondo y si acompañado por mucha parafernalia, que si sigue sin corregir el camino, sin regresar a una postura real, basada en principios y un modelo de creencias, orillará al electorado, a esa sociedad que migra a la evolución de sociedad 4.0, a colocarse en una corriente centro política, históricamente el sector más abstencionista. En otro caso, si el discurso sigue polarizando a la misma sociedad, les orillará a caer en la extrema izquierda y la extrema derecha, posición que aumenta nuevamente el abstencionismo al colocar a las personas, en un imaginario en el que no consideran legítimo al sistema político.


ADN que no cumple su función, no es ADN. Los institutos políticos de toda América deberán concentrarse en volver a sus orígenes y en otros casos, refundarse si quieren seguir siendo parte de un sistema político mientras exista y sea valorado por la sociedad que le legitima, deberán formar cuadros que crean en la ideología, que la defiendan y representen. Estas instituciones deberán reformular la doble hélice de estructura molécula y sin miedo, fijar un posicionamiento real ante las necesidades de la sociedad de hoy, de la sociedad del momento en que se está escribiendo esto, la cual, seguramente habrá cambiado a los pocos segundos de dar el último clic.