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Coincidencias



Por Fernando Vázquez Rigada @FVazquezRig


Luis Echeverría fue un presidente que se propuso resarcir las deudas históricas de la lejana Revolución Mexicana. El desarrollo estabilizador, pensaba, no había tocado a los más necesitados, pese a haber generado crecimiento de 6% anual, baja inflación y estabilidad cambiaria por 16 años. Había sido ese, sostenía, un experimento tecnocrático, sin savia popular. Aseguraba que la vena del pueblo debía inundar al gobierno. Con él, por la fuerza de su ejemplo y su mandato, todo cambiaría, para bien, para los más humildes.

Tenía un antecedente: el gobierno popular del general Lázaro Cárdenas. Esa era su inspiración. Su ejemplo. Su reto era superarlo.

Como él, Echeverría se encargaría de impartir justicia social. No sólo llevaría bienestar a cada rincón del país: llevaría al gobierno mismo. Desde las oficinas, afirmaba, sólo se percibían las verdades a medias. El presidente tenía que estar en cada ranchería, en cada pueblo, en cada manzana. Y el gobierno, ni dudarlo, se movería con él. Él encabezaría el gran esfuerzo nacional. Él escucharía. Él resolvería.

Él, que todo lo podía.


II

Gabriel Zaid recuerda la respuesta singular que daba Luis Echeverría a aquellos que osaban preguntarle de dónde iba a salir el dinero para financiar la inmensa, cotidiana, cantidad de proyectos que anunciaba:

-De lo que ustedes se están robando.


III

Los proyectos abundaban. El presidente lo veía todo. Se involucraba en todo. Quería saber, y pretendía saber, de todo.

Decía por aquella época Bob Haldeman, el Jefe de Gabinete de Richard Nixon y creador del sistema de organización que funciona en el ala oeste de la Casa Blanca hasta la fecha, que el recurso más valioso que tenía la presidencia era el tiempo del presidente.

Para Echeverría, el tiempo era siempre escaso. Demasiados temas que atender en sólo 24 horas por día. Por eso dedicaba, en promedio, 16 horas diarias al trabajo, los siete días de la semana.

Intentaba multiplicar su tiempo y su presencia, como Cristo los peces: citaba a reuniones simultáneas en Los Pinos de madrugada. Todas las atendía (o eso pensaba). Saltaba de una reunión a otra. Para él el trabajo era exhaustivo. Para sus colaboradores, tiempo muerto. Las reuniones podían lo mismo iniciar a las 10 de la mañana para terminar pasada la medianoche. O al revés.

José López Portillo recuerda haber jugado fútbol contra el gobernador de Chiapas, Manuel Velasco, con el zapato del Ministro de Agricultura que, en el lapso interminable de espera de esos acuerdos simultáneos, hacía yoga en flor de loto en una sala de Los Pinos. Recuerda también una reunión desesperante de su jefe, el entonces Secretario de Patrimonio, Horacio Flores de la Peña, para tratar el delicadísimo asunto de la siembra del limón. Un día completo dedicado “al puto limón” se quejaba el secretario. Por eso, cada vez que sonaba la red presidencial, Flores de la Peña bromeaba con López Portillo:

-Ahí vamos otra vez. Al puto limón.



IV

Al arrancar su sexenio, Echeverría definió su política internacional. Nada de viajar al extranjero. ¿Viajar? “A la provincia” respondía.

Para Echeverría, no se requería definir una doctrina internacional. Tenía, afirmaba, el ejemplo de Juárez y los preceptos de la Constitución.

No había nada que adecuar a áquel, un mundo que estaba en plena guerra fría, que se desangraba en Vietnam, que avizoraba la crisis del petróleo, el fin del patrón oro y el descongelamiento de occidente con China.

Las ideas del siglo XIX, donde vivían Lincoln y Napoleón III, eran buenas, y aplicables, a ese mundo.


V

Daniel Cosío Villegas escribió en 1974 un libro seminal: El Estilo Personal de Gobernar. Ahí identificó la que fue, quizá, la principal característica del gobierno de Echeverría: su locuacidad. El presidente inauguró un “Diálogo Nacional”. Diálogo en donde él establecía los temas, los tiempos y los métodos, pero en el que incitaba a que los demás hablaran. Echeverría hablaba cuatro, cinco, seis veces al día. Por eso, a menudo se contradecía. Pero su necesidad fisiológica de hablar, explica Cosío Villegas, se replicaba en sus secretarios, gobernadores, alcaldes, líderes sindicales, empresarios. Toda la población hablaba, al mismo tiempo. El ruido reducía, hasta desaparecerla, la atención.

Los grupos con los que se reunía (raro que recibiera a alguien a solas) externaban sus proyectos, esperanzas, planes. Así, el Presidente recibía niños que soñaban estudiar artes: becados a París. Ejidatarios oaxaqueños que le pedían construir la presa “Cerro de Oro”: los trabajos comienzan esa semana. El rector de la Universidad de Querétaro le presentó planes para remodelar las instalaciones. El presidente responde: ¿cuándo termina si empezamos ahora mismo?

A la autorización cotidiana de ocurrencias, se suman los megaproyectos: la siderúrgica Lázaro Cárdenas, los grandes clusters turísticos de Nayarit, Manzanillo, Baja California y Quintana Roo (él inventa Cancún), los Centros de Población, sistemas de riego para las zonas áridas, ciudades industriales.

Un día, el 6 de mayo de 1974, va a Tamaulipas, regresa a la capital, atiende reuniones. Luego vuela a Chiapas.

No hay tiempo que perder. El afán de ayudar era genuino, pero desordenado.

No hay vida, ni dinero, que alcance.



VI

Michel Rocard dice en su libro de memorias: “desconfía de quien no descansa”. El arte de gobernar requiere de pasión, pero también de reflexión. De acción, pero también de ponderación. Demanda perspectiva y sosiego.

Eso no existe para Echeverría. Para él, todo es movimiento. Dice: “Sobre la marcha, caminando, seguiremos poniendo las ideas a caballo”. Cosío Villegas justificó su prisa: “Es que confunde el sexenio con un semestre”.


VII

Echeverría asume, explícitamente, que su gobierno es de ruptura ante una política conservadora que ha dejado atrás a muchos. Así, fractura una tradición de continuidad económica y de responsabilidad financiera. Poco después de abandonar el gobierno, en 1979, se define a sí mismo con el periodista Luis Suárez: había sido un populista. Se explica: promovió la ”cultura de masas en Latinoamérica que rompía con el imperialismo”.

Echeverría pretende seguir la senda del Benemérito de las Américas. Decreta a 1972, año de Juárez. Cada día, a cada visitante, regalaba un retrato del oaxaqueño: “El más grande de los mexicanos”.

Suárez justifica el desgarrador resultado de la política de Echeverría: “Asustó a mentalidades reacias a cualquier espíritu transformador”, las desviaciones al camino mexicano tenían que ser corregidas –agrega- pero los representantes del capital le temían: “Temían a un reformista y no al corrosivo inmovilismo, conforme a las mentalidades conservadoras”.

Echeverría, entonces, abrió una batalla: la rectificación del camino de la revolución contra el conservadurismo rancio que se le oponía.


VIII

A la burguesía no sólo la confronta: la desprecia. Les pone un apodo (nada menos que en su 4º informe) que lo dice todo: riquillos. Son ellos, esos pobres moral y financieramente, quienes están quebrando no sólo al país, sino a sus familias. La mala educación de sus hijos hace que éstos mueran en accidentes de automóviles último modelo a 120 o 140 kilómteros por hora. El mal del país son ellos: los riquillos.




IX

Su impronta discursiva incendia al país con el fuego de la polarización.

Echeverría ofende en campaña al ejército, al encabezar un minuto de silencio en la Universidad Nicolaíta por los muertos del 2 de octubre. Su verborrea incomoda no sólo al ejército: sorprende también al presidente Díaz Ordaz.

A los 15 días de iniciar su gestión, se confronta con el sector privado por subsidios a la industria azucarera. El conflicto ya no se detendría jamás.