Cuando los discursos políticos levantaban los corazones

Textos de Otros


Azaña, Churchill, Kennedy y Obama.

El viejo arte del discurso político llegó al cielo con los himnos de Obama. 12 años después, las malas imitaciones y la fragmentación del ruido público han destruido el prestigio del género.



John Fitzgerald Kennedy se adueño de la frase y luego el cine le hizo creer a todo el mundo que quien la había pronunciado era Lord Halifax. En realidad, el autor de la mejor definición del arte de la persuasión es el anchorman Edward R. Murrow -sí, el de Buenas noches y buena suerte-, que introdujo así uno de los extractos de los discursos de guerra de Winston Churchill: «Había que movilizar la lengua inglesa y enviarla a la batalla. [...] [Churchill] Levantó los corazones de una isla cuando sus habitantes se sentían solos».


Churchill es el refugio de quienes todavía consideran que la emotividad puede ser una fuerza benefactora y no sólo la palanca con la que populistas y totalitarios hacen descarrilar a la política de las vías de la razón. Muchos años después, en un momento de catarsis emocional y de pulsión suicida, todavía se escucharon ecos churchillianos en el Reino Unido. El referéndum por la independencia de Escocia parecía perdido para los unionistas, conducidos por la grisura temeraria de David Cameron, mientras que los nacionalistas eran enardecidos por el carismático Alex Salmond. Fue entonces cuando un primer ministro fracasado, Gordon Brown, volvió a movilizar el idioma y lo envío a las Hébridas, las Shetland y las Orcadas: «Vamos a explicarle a la gente lo que hemos hecho juntos. Vamos a contarles que hemos luchado y ganado una guerra contra el fascismo juntos. A decirles que no hay un cementerio de guerra en el que no descansen juntas las tropas escocesas, inglesas, galesas y norirlandesas. Luchamos juntos, sufrimos juntos, nos sacrificamos juntos, lloramos juntos y luego lo celebramos juntos». Aquel laborista retirado, repudiado en la urnas, catalizó los sentimientos de quienes sufrían por su patria.


Poco tiempo después, los españoles que temían por su paz civil, amenazada por un procés que ante todo era una malversación de los sentimientos, sintieron la orfandad de la política. No había un sólo dirigente constitucionalista que pudiera infundir en sus corazones lo que sus cabezas ya habían asimilado. La falta de fe en la política convirtió la causa de la unidad en una cuestión meramente administrativa. Pero quizás no sea la falta de convicción la única razón de la pavorosa decadencia de la literatura política española. Ninguno de los candidatos actuales a presidir España sería capaz de escribir como lo hacía Manuel Azaña. Esta no es una opinión sino un hecho constatable, que asalta inmediatamente al que hoy lea su último discurso como presidente de la República: «Yo afirmo que ningún credo político, venga de donde viniere, aunque hubiese sido revelado en una zarza ardiente, tiene derecho, para conquistar el poder, a someter a su país al horrendo martirio que está sufriendo España (...) Y entonces se comprobará una vez más lo que nunca debió ser desconocido por los que lo desconocieron: que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo». Nadie imagina esto firmado por el Rivera de «escuchen: es el silencio». La añoranza suele ser mentirosa pero en la retórica política sí que cabe la nostalgia. Al menos en España.


La política no sólo es escritura sino representación y tampoco ninguno de los actuales líderes tiene la vis actoral de aquel Adolfo Suárez, esplendoroso intérprete de guiones, ya sean a golpe de ley, como el que Torcuato Fernández Miranda le diseñó para la Transición, o de discurso. En realidad el gran logro retórico de Suárez fue la cortesía. Como tan bien advirtió Verónica Puertollano, devolvió el «usted» a los españoles. Hoy sus émulos han vuelto al tuteo porque creen que eso populariza el mensaje. En el fondo de esta deliberada simplificación del discurso anida la certeza de que en los tiempo de Twitter, cuando la literalidad es una plaga cuyo síntoma más apreciable es la irritabilidad, muchos creerían que Marco Antonio quería decir que Bruto es realmente un hombre honrado si escucharan el tercer acto del Julio César de Shakespeare.


La consecuencia última de la lógica simplificadora se dio paradójicamente en un país que ha hecho de la persuasión un deporte y cuyo electorado ha sido el destinatario de algunas de las piezas de oratoria más brillantes de todos los tiempos. De Donald Trump se puede decir cualquier cosa excepto que no se le entiende. Su emergencia está emparentada con la eclosión de productos periodísticos tipo Buzzfeed que, como el empresario presidente, ensambla simplezas breves e inconexas como método. No hay estructura sino una sucesión de células mínimas con sentido propio. Cada línea es un punch line intelegible para un niño de tres años y, por eso, el canal predilecto de Trump es Twitter.


Estados Unidos es un lugar tan fascinante que en ocho años puede bascular de un retórico como Barack Obama a un antirretórico como Trump. La primera campaña del demócrata será recordada por momentos memorables, como su discurso de New Hampshire. Esta pieza -la celebérrima del Yes, we can- es un ejemplo perfecto de obamismo. Es todo musicalidad, una partitura cantabile, hasta el punto de que Will I am le puso una base musical y la convirtió en videoclip. Pocos recuerdan es que Obama salió derrotado de New Hampshire y que ese texto, en realidad, no dice nada. Prueba de su falta de contenido es que ha sido adaptado en decenas de países sin que pierda vigencia: «Nos han dicho los más cínicos que no podemos. Sus voces se alzan y harán más ruido. Se nos quiere bajar a la inacción de no tener sueños. Se nos advierte que no demos falsas esperanzas. Pero la historia increíble que América ha protagonizado nos cuenta que jamás hemos fracasado en nuestra esperanza». Suena familiar. Obama contaba con un escritor excepcional de discursos llamado Jon Favreau y él era un intérprete prodigioso. Sólo así es posible que lirismo no devenga en cursilería.


Cualquier intento de emulación es arriesgadísimo, como prueba la coda fatal de aquel José Luis Rodríguez Zapatero que se vino arriba al final de su intervención ante el plenario de la Cumbre del Clima en Copenaghe, levantó la cabeza y enfatizó: «Tenemos que lograr unir el mundo para salvar la Tierra, nuestra tierra. Nuestra tierra, en la que viven pobres, demasiados pobres, y ricos, demasiados ricos. La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento».


Textos de Otros. Publicada originalmente por RAFA LATORRE Mundo.es

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