EL STORYTELLING PERSONAL EN EL RELATO POLÍTICO



Como resulta evidente, storytelling es un anglicismo que se ha incorporado al corpus léxico del español sin adaptar su forma a otra acorde a los sistemas fónicos, léxicos y gramaticales de la lengua de Cervantes.

En cualquier caso, podemos apreciar que esta palabra está compuesta por dos partes claramente diferencias (story y telling) que nos remiten, respectivamente, a una narración, una historia o un relato y a la acción de contar. Por tanto, una traducción simple podría ser “acción de contar un relato”, a lo que proponemos añadir “técnica” para delimitar conceptualmente más esta noción. Así, bajo nuestro criterio, el equivalente español de storytelling podría ser técnica de narración de relatos.

Con todo, cabe suponer que seguirá triunfando el anglicismo en la práctica diaria debido, por una parte, a que posee una mayor antigüedad, lo que motiva que ya esté plenamente incorporada en las rutinas profesionales de sectores como la comunicación o la publicidad; y, por otra, por razones de economía lingüística, ya que resulta mucho más sencillo el empleo de una única palabra compuesta por doce letras que la utilización de un conglomerado de tres vocablos para aludir a un único referente.

De este modo, y desglosando los tres componentes lexicales del equivalente español de storytelling (esto es, excluyendo ambas preposiciones “de” sin valor semántico) y siguiendo el diccionario de referencia de la lengua española (el de la real Academia española), nos encontramos con que estamos aludiendo a:


Técnica: incorporaremos las acepciones quinta y sexta: “conjunto de procedimientos y recursos de que se sirve una ciencia o un arte” y “pericia o habilidad para usar de esos procedimientos y recursos”


Narración: como ya nos esperábamos, la definición de la rAe nos remite a la entrada de narrar, que es la que tomamos en consideración aquí en su única acepción: “contar, referir lo sucedido, o un hecho o una historia ficticios”


Relatos: tendremos en cuenta las dos propuestas que se hacen para este sustantivo: “conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho” (1) y “narración, cuento” (2)

Si seleccionamos y adaptamos las propuestas de la RAE a respecto de estos tres conceptos, podríamos concluir que el storytelling es “la habilidad para contar un hecho – ficticio o no – usando los procedimientos y recursos propios del arte narrativo”.

Respecto de los orígenes del storytelling como técnica de comunicación hay que tener presente que “el relato está presente en todos los tiempos, en todos los lugares, en todas las sociedades; el relato empieza en la historia misma de la humanidad” (Barthes, 1966:2).

Por ello, la importancia de los relatos no es un fenómeno nuevo y asociado a las tecnologías de comunicación de finales del siglo XX y principios del XXI sino que las historias han formado siempre parte de la naturaleza comunicativa del ser humano y han estado presentes como elementos aglutinadores y cohesionadores de los núcleos de población.

Así, el ser humano al principio construía sus relatos de forma oral y los transmitía de persona en persona empleando exclusivamente esa modalidad, si bien con posterioridad también recurrió a la forma escrita como vehículo de difusión de esos mensajes.


Es precisamente la existencia de los relatos, asociada a las diferentes formas y soportes de transmisión, lo que ha suscitado la aparición de artes como la fotografía, el cine, la música, la pintura, la arquitectura o cualquier otra disciplina en la que subyace de modo latente una historia a narrar. Por tanto, y de un modo general, no solo estamos refiriéndonos a relatos orales o escritos y que empleen exclusivamente la palabra sino a cualquier otro recurso que, bien acompañado por elementos lingüísticos o bien de modo aislado, sea utilizado para contar una historia.

Resulta importante también matizar que esos relatos no tienen por qué ser exclusivamente reales sino que las sociedades también se han caracterizado por la incorporación de fábulas, leyendas o mitos como construcciones narrativas que, transmitidas de persona en persona, pasaron a formar parte del acervo cultural y que incluso en ocasiones es- tuvieron en la base de otras manifestaciones artísticas que transformaron esa historia lingüística en una historia arquitectónica, escultórica o pictórica, entre otras posibilidades.

Vistos los orígenes temporales de los relatos, es hora de abordar sus orígenes causales, para lo que seguiremos las propuestas de Fog, Budtz y Yakaboylu (2010).

A juicio de estos autores, los relatos nacen ya no solo por la posibilidad de comunicar información útil sino también por el valor simbólico que aportan al permitir construir y difundir una identidad de la tribu o el grupo social al fornecer valores y lazos de unión que en definitiva construían un elemento identitario frente a colectivos rivales y también les ayudaban a relacionarse con el entorno (accidentes geográficos, flora o fauna).

Por otra parte, también destacan el valor de los relatos como constructores emocionales y psicológicos que han dotado al hombre y mujer de una mayor seguridad y tranquilidad ante lo desconocido empleando diversos re- cursos con los que, en definitiva, se ha procurado buscar un sentido profundo de la vida. en este sentido, las religiones constituyen excelentes ejemplos de cómo grandes relatos colectivos sobreviven al paso del tiempo y contribuyen sin fisuras a sostener creencias gracias al empleo de los relatos que, en definitiva, también han provocado ciertos cambios en los modos y estructuras del pensamiento en las sociedades. en el ámbito político, el “sueño americano” constituye otro ejemplo que ha pervivido con el paso del tiempo y en el que incluso se ha anclado parte de la estrategia político-electoral que ha permitido al presidente Obama llegar al poder.

En cualquier caso, y como decíamos al principio, aunque los relatos no son nada nuevo sí han sabido irse reinventando, reformulando y adaptando para conseguir ser formas de comunicación que han per- durado con el paso del tiempo y que nos ofrecen una explicación a grandes interrogantes de la vida, especialmente cuando se trata de dar respuesta a lo que nos inquieta a cada uno de nosotros:

“Para la construcción de sentido en nuestra historia nos nutrimos, cada día, de otros relatos. Tradicionalmente eran los relatos religiosos, políticos y laborales los que proporcionaban sentido, pero con su progresivo deterioro hoy las principales fuentes de relatos significativos son los medios de comunicación y nuestro círculo social.

Esa búsqueda de sentido implica que los relatos mediáticos o de amigos que más logran captar nuestra atención son aquellos que tienen que ver con lo nuestro” (Núñez, 2007:43)

Así, en próximos capítulos veremos qué especificidades han adoptado los relatos tras el surgimiento de las tecnologías de la información y la comunicación (tic).

Regresando a la cuestión termino- lógica que introdujimos al comienzo de este capítulo, debemos puntualizar que una traducción literal del término storytelling podría llevarnos a incorporar la noción de historia en lugar de la de relato, como apuntábamos en líneas anteriores.


Sin embargo, hemos descartado hacerlo en esta investigación por tres razones: por una parte, el término historia tiene una batería de connotaciones asociadas a hechos pasados y distantes en el tiempo de las que carece el de relato. Por otra parte, el relato remite con mucha mayor facilidad, bajo nuestro punto de vista, a la esencia narrativa que encierra esta noción frente a la de historia. Además, también desde nuestra perspectiva, el relato englobaría con mayor naturalidad los elementos ficcionales a diferencia de la historia que, si bien la rAe reconoce en su séptima acepción que puede aludir a “narración inventada”, se tiende a asociar más al terreno de lo no ficticio y a emparentar con el rigor de hechos ya sucedidos.

La inexistencia de un consenso a respecto de cuestiones terminológicas como esta se debe también al hecho de que las investigaciones sobre el storytelling son un fenómeno todavía emergen- te, como apuntábamos al inicio de este trabajo. Así, en otra de las tesis doctorales defendidas (la de Eduard Ferrán) se apuesta por primar la noción de “historia” frente a la de “relato”.

En cualquier caso, desde un punto de vista exclusivamente teórico y adentrándonos en el terreno de la narratología, aportaciones como la de Bettendorf y Prestigiacomo (2002) pretenden poner luz a las diferencias de esta tríada conceptual de narración – relato – historia. De modo resumido, en opinión de es- tos, la narración es la acción que permite la unión entre historia y relato, de modo que equivaldría al simple hecho de producir un discurso o un enunciado con unas coordenadas espacio- temporales precisas.


Por su parte, el relato sería un conjunto de elementos cuyo significado es una historia; o, dicho de otro modo, un discurso elaborado por alguien para comunicar una historia a otra persona o grupo de personas apelando a sus sentidos y emociones a través de una construcción cognitiva que crea una imagen mental que el receptor recrea en su cerebro como respuesta (Ryan, 2004), para lo que el destinatario completa la ausencia de secuencias narrativas propias del lenguaje con su propio conocimiento y aportación cultural (Steiner, 2004).

Ya en el contexto español, teóricos como Gutiérrez-Rubí (2009) apuestan por una definición del relato basada en las re- acciones que suscita en quien lo recibe, ya que es parte esencial del proceso: “el relato no es una retahíla de palabras, ideas o datos. el relato es una historia que cobra vida y es efectivo cuando transmite, evoca, comunica, emociona, moviliza, seduce, identifica, compromete y convence desde la veracidad de lo que sentimos como auténtico” (Gutiérrez-Rubí, 2009:28)

Asimismo, no resulta un detalle menor apuntar que Todorov (1972), considerado padre de la Narratología, abogaba por dividir el relato en dos elementos clave: la historia, entendida como la lógica de las acciones; y el discurso, en palabras de Barthes, “los tiempos, los aspectos y los modos del relato” (Barthes, 1966:11).

Por último, y regresando a la apuesta teórica de Bettendorf y Prestigiacomo, con la historia nos referiríamos al propio contenido del relato, sean contenidos tomados de la realidad o imaginados por un autor (Prince, 2003); o, lo que es lo mismo, a “una serie de sucesos ligados entre sí en los que alguien está implicado y que se nos van a comunicar a lo largo del relato (...) está en la mente del narrador bien sea como imaginación o como cono- cimiento y recuerdo de hechos acaecidos en una realidad más o menos cercana” (Ródríguez García y Baños Gonz´záles, 2010: 23).

De este modo, a la luz de estas propuestas y empleando una dicotomía tradicional entre forma y fondo concluiríamos, en nuestra opinión, que:

Tabla 27. Narración, relato e historia según planos de forma y fondo.


Por su parte, Genette (1998) se refiere a esta tríada asegurando que en el conjunto del hecho narrativo intervienen tres elementos: “historia (el conjunto de acontecimientos que se cuenta), el relato (el discurso, oral o escrito que los cuenta) y la narración (el acto real o ficticio que produce ese discurso, es de- cir, el hecho, en sí de contar)” (Genette, 1998:12). De este modo, interpretamos que en su opinión el relato se convierte en una especie de síntesis de todo el proceso narrativo.

En una línea similar se expresan Rodríguez García y Baños González (2010): “Aunque es usual encontrar los términos discurso, texto o relato y narración utilizados de forma indistinta, es necesario separar el discurso, como forma expresiva particular del texto, del relato que es el producto comunicativo concreto en el que se aúnan historia y discurso. De igual manera se distinguirán ambos del concepto de narración a la que entendemos como el proceso comunicativo que implica los dispositivos y figuras de la producción, transmisión y recepción del relato” (Rodríguez García y Baños González, 2010:22)

En cualquier caso, conviene tomar en consideración que Genette advirtió de que “corrientemente empleamos la palabra relato sin preocuparnos por su ambigüedad, a veces sin percibirla, y ciertas dificultades de la narratología se deben precisamente a esa confusión” (Genette, 1989:81). Por ello, propone considerar bajo ese único término tres conceptos distintos:


“El enunciado narrativo que entraña la relación de un acontecimiento o de una serie de acontecimientos”


“La sucesión de acontecimientos, reales o ficticios, que son objeto de dicho discurso y sus diversas relaciones de concatenación, oposición, repetición, etc.”


“Un acontecimiento: pero no ya el que se cuenta, sino el que consiste en que alguien cuente algo: el acto de narrar tomado en sí mismo” (Genette, 1989:81-82)

Y a cada una de estas tres manifestaciones Genette les asocia un término diferente: “historia al significado o contenido narrativo (aun cuando dicho contenido resulte ser, en este caso, de poca densidad dramática o contenido de acontecimientos), relato propiamente dicho al significante, enunciado o texto narrativo mismo y narración al acto narrativo productor, y por extensión, al conjunto de la situación real o ficticia en que se produce” (Genette, 1989:83)

líneas más adelante, Genette regresa sobre la relación entre estos tres componentes al afirmar que: “Así, pues, historia y narración no existen para nosotros sino por mediación del relato. Pero, recíprocamente, el relato, el discurso narrativo no puede ser tal sino en la medida en que cuente una historia, sin lo cual no sería narrativo (como, digamos, la etica de Spinoza), y en la medida en que alguien lo profiera, sin lo cual (como, por ejemplo, una co- lección de documentos arqueológicos) no sería en sí mismo un discurso. como narrativo, vive de su relación con la historia que cuenta; como discurso, vive de su relación con la narración que lo profiere” (Genette, 1989:84).


Asimismo, debemos recordar que Genette también estableció una vinculación directa entre las tres categorías que a su juicio designan los niveles de definición del relato y las relaciones que se establecen entre estos tres componentes. Así, subrayó que “el tiempo y el modo funcionan, los dos, en el nivel de las relaciones entre historia y relato, mientras que la voz designa a la vez las relaciones entre narración y relato y entre narración e historia” (Genette, 1989:87)

Con carácter previo a las aportaciones de Genette, tal como recuerdan Canet y Prósper (2009:22), los formalistas rusos Chloski, Tomachevski, Propp y Eikhenbaum habían apostado por diferenciar entre fábula para referirse a lo que ha ocurrido (la historia) y el sujeto que se corresponde con el modo en que el espectador llegará a conocer eso que ha ocurrido (el discurso).

Tomando esta distinción como punto de partida, estructuralistas franceses como Barthes, Todorov y Genette realizan también sus aportaciones. Así, Todorov (1972:157) sugiere trabajar dos grandes niveles: la historia que comprende la lógica de las acciones y la sintaxis de los personajes por una parte, y el discurso que se corresponde con los tiempos, los aspectos y los modos del relato; de este modo la historia respondería al qué y al plano del contenido y el discurso al cómo y la forma.

En un sentido similar se pronuncia Zunzunegui (1992:182) al aseverar que “todo texto narrativo articula una historia (contenido o cadena de acontecimientos y seres implicados en el relato) y un discurso (la expresión a través de la que se comunica el contenido)”.

A partir de esta síntesis creemos que queda acreditado por qué nos hemos decantado por la noción de relato en la medida en que, a nuestro juicio, incorpora ambos planos (fondo y forma) y que representa una perspectiva holística frente a la narración y a la historia, que quedarían anclados en dimensiones parciales frente a la globalidad que ofrece el relato. Así, integraríamos el “qué” (la historia) con el “cómo” (el discurso). Por ello, tomamos como base para nuestra investigación la propuesta de definición que realizan Rodríguez García y Baños González: “el relato es, por tanto, una forma significante integrada por una expresión (el discurso) y un contenido (historia narrada). Mediante un relato concreto se propone al espectador una representación particular de una historia dada que ocurre en un cierto lugar y en un cierto tiempo, lo que evoca en el receptor un mundo posible completo” (Rodríguez García y Baños González, 2010:23-24)

Una vez establecidas las diferencias existentes entre la historia, el discurso y el relato, podemos reflexionar sobre las cualidades que debe reunir el relato en tanto que producto final de un proceso narrativo que tiene por origen los contenidos de la historia. Para ello aludiremos a las reflexiones de Metz (1968:25-35), quien establece cinco propiedades:


Unidad del relato como un discurso cerrado que tiene un principio y un final que encierran una secuencia temporal de acontecimientos.


Orientación hacia un final que resuelve el relato, revestido de autonomía e independencia.


Doble temporalidad del relato: la de la historia (el orden cronológico con que se suceden los hechos) y la del desarrollo del discurso que se plasma en el relato, y que puede ser o no coincidente con la anterior.


Representación de lo sucedido en la historia, que puede diferir de lo realmente sucedido.


El relato como discurso que necesita las figuras del sujeto enunciador y sujeto receptor.

Muy ligado con todo esto se encuentra la narrabilidad del relato, una propiedad de las narraciones que pretende anclar los denominados “puntos de interés” de una historia, entendiendo por ello el elemento central diferencial que hace que unos contenidos sean susceptibles de ser narrados y presentados y que convierten al relato en un elemento potencialmente interesante.

Para aludir a esta cuestión, que en definitiva busca dar respuesta al interrogante de cuáles son las características que hacen que una historia sea merecedora de ser contada por parte del emisor y de recibir la atención del receptor, nos remitimos a las propuestas de Labov y Waletzky (1967), quienes al acuñar esta noción también sub- rayaron cuáles son los componentes esenciales de los que debe disponer un relato para captar la atención del receptor y mantenerla: abstracción, orientación, complicación de la acción, evaluación, resolución y colofón o conclusión.

Además de esto, ambos autores ofrecieron dos propuestas clave para entender hoy en día el uso de los relatos como herramienta de comunicación política: por una parte, que las propiedades del relato siempre deben ir asociadas a las funciones que pretenden conseguirse en la comunicación; y, por otra, que incluso los meros discursos expositores de hechos ocurridos pueden tener interés dependiendo del momento y contexto social en que se produce el relato. De este modo, estaban introduciendo nociones como la importancia del contexto y de las convenciones culturales en el grado de narrabilidad de una historia.

En este sentido, creemos que se produce una curiosa paradoja ya que, del mismo modo que hay grandes re- latos como el bíblico que han sido capaces de sobrevivir a todo tipo de contextos políticos y sociales (incluso de hostilidad o persecución hacia la iglesia católica) en otros casos no se entenderían si no fuesen ligados a unas coordenadas temporales y espaciales muy precisas y que son, por definición, irrepetibles. Pensemos, por ejemplo, en la construcción del relato de George Bush como el salvador de América tras los atentados del 11-S, donde él, como veremos más adelante, se presentó como el garante de la seguridad del país empleando en su discurso el dolor de una niña que había perdido a su madre en las torres Gemelas.

Regresando a la propuesta de Labov y Waletzky (1967), resulta muy interesante cómo la retoma años después Polanyi (1979) al asegurar que la narrabilidad se resume en preguntarse qué vale la pena contar, a quién y bajo qué circunstancias. como es evidente, el tercer componente de la pregunta nos está remitiendo indefectiblemente al contexto de producción, recepción y consumo del mensaje, en la línea que habían apuntado 12 años antes quienes acuñaron por primera vez esta noción. (Fragmento del Storytelling Personal en el relato Político de Pablo Vázquez Sande)

*Este es sólo un capitulo de la tesis doctoral de pablo Vázquez Sande, ganador de nuestro Reed latino 2015 al Mejor Trabajo de Investigación, libro o tesis de Comunicación Política en habla Hispana.

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