Endiosados. “El que se sienta en esa silla se vuelve loco”.


Darío Mendoza A.@DarioMendoza

“El que se sienta en esa silla se vuelve loco”. Así exclamó Emiliano zapata aquel 6 de diciembre de 1914 cuando llegó a Palacio Nacional y en medio de una multitud, Francisco Villa se sentó en la silla presidencial. Emiliano Zapata estuvo a su lado, pero no se quiso sentar en esa silla porque dijo que estaba maldita.

El Caudillo del Sur lo intuía; quien obtiene el poder se sube a una experiencia que lo probará como persona. Por eso se habla de que el poder es sexy, es deslumbrante, genera adicción. Entre más poder se adquiera, el ser humano enfrentará el desafío de alejarse lenta o velozmente de la realidad. Cuando el rango que tiene es de más responsabilidad, el daño que provoca se potencia entre los que debe conducir.

Lo he visto y lo he sufrido. J R Tolkein lo representa como la obsesión por un anillo, un anillo que provoca que los que están alrededor obedezcan, por interés o por miedo; logra que todos te digan lo que quieras oír, normalmente alabanzas. Y también otros te llenarán de todo tipo de regalos, para que el poder que tienes los toque y obtengan tus favores.

Por eso en todas las cortes, desde el antiguo Egipto hasta en la Casa Blanca, conviven personajes con las mismas conductas, conductas muy humanas donde las luces y las sombras se disparan al máximo. Revelando de lo que está hecho el gobernante y aflora lo que realmente es.


Si todo tu entorno te dice que estas bien, que no tienes nada que corregir y no tienes falla alguna ¿por qué habrías de cambiar? Te están diciendo que eres un dios. Sin fallas, ni errores humanos. Endiosado, mandarás a la horca pública o digital al que se atreva a criticarte. Conducta tan antigua como cuando Herodes perdió la cabeza por Herodías y Juan la perdió por decirle una verdad sobre su conducta; una verdad que el Rey no quería oír.

Los interesados y cercanos le aplauden; su entorno cercano se vuelve barbero y adulador. El rey se despega de la realidad y evita la verdad sobre el mismo… y sobre su reino.

Los hermanos Green lo dibujan cuando describe la escena en la que la Reina que consulta a su espejo todos los días, cada mañana: “Espejito, espejito ¿quién es la más bonita?”

Si todo tu entorno te dice que estas bien, que no tienes nada que corregir y no tienes falla alguna ¿por qué habrías de cambiar? Te están diciendo que eres un dios. Sin fallas, ni errores humanos. Endiosado, mandarás a la horca pública o digital al que se atreva a criticarte.

Para acelerar este embrujo del poder, aparece la nave de la ideología. La ideología es el anillo al dedo, el discurso justificante. Una serie de ideas que suelen usarse para disfrazar de virtud, lo que es una falla interna. Por eso se echa mano de las ideologías que construyen otra realidad y se acomodan para justificar las conductas más absurdas.

Y de un entorno de complacencia y aplauso, en donde ya está prisionero el líder, la ideología será la nave que hará despegar al gobernante, acompañado de sus seguidores más fanáticos para abandonar la realidad.

Hay ideologías que usan de pretexto a los pobres o a la raza; estás construcciones obtienen muchos seguidores porque se alimenta de emociones básicas y muy humanas: como la amargura, la ira o el resentimiento. Es una bandera para justificar todo: porque se vende como un deseo de justicia y no como una forma de venganza o de tiranía, que permitirá alcanzar mayor concentración de poder.

Normalmente estas construcciones ideológicas terminan chocando con la realidad. En 1989 vimos el derrumbe de ideas que quebraron las economías, empobrecieron a los pueblos y empoderaron a tiranos, que se quedaban décadas en la silla, con el pretexto de que estaban construyendo el paraíso en la tierra.

Un ejemplo muy emblemático es Chernobyl, un desastre agravado por tomar decisiones basadas en la ideología, no en la realidad; importaba más el líder o el partido que salvar vidas. Fue el preámbulo del colapso de la Unión Soviética.


Este fenómeno no se da sólo en el mundo de la política Esta conducta de despegar los pies de la tierra se desencadena en casi todas las áreas humanas donde hay alguien con mucho o poco poder: el CEO, el gerente, el líder del equipo, el pastor, el cura, el coach y hasta el jefe de familia. Es la oferta milenaria: “seréis como dioses”.

Con mucho o poco poder que da la fuerza física o armamentista, el poder del que sabe, del erudito, del matemático, del genio financiero, el especialista; o incluso el que aparenta ser mejor que sus cercanos. Con ese poder de sentirse mejores que los demás, entramos muy rápido al vértigo de la auto complacencia, del narcisismo. El ego cree que puede hacer lo que le plazca, fomentado por un ambiente donde todos te dicen que sí. Y que se plasma en la frase mexicana:

- ¿Qué horas son?

- ¡Las que usted diga señor presidente!

Por eso ya endiosado, ya no puede tolerar que alguien le haga ver sus errores de conducción, pues ya se siente dios. Si se mantiene más tiempo con ese poder, (por eso se perpetúan), los disparates se suceden y sus placeres y errores se expanden. Y necesita más poder para ocultarlos o eliminar las evidencias.

Pero se da en grande y en pequeño. También subirse a un ladrillo puede marear. Cualquier ser humano que ya se siente “empoderado” y se endiosa, adopta alguna ideología. Si sus acciones producen víctimas y violencia, las justifica: “es por la causa”.


Este fenómeno no se da sólo en el mundo de la política; Esta conducta de despegar los pies de la tierra se desencadena en casi todas las áreas humanas donde hay alguien con mucho o poco poder: el CEO, el gerente, el líder del equipo, el pastor, el cura, el coach y hasta el jefe de familia. Es la oferta milenaria: “seréis como dioses”.

Buena parte de los seres humanos podemos autoengañarnos adoptando una ideología, para ocultar la EGOLOGÍA. El ego usa el disfraz de la ideología para justificar nuestros deseos; no importa si eso significa la muerte de otros seres humanos, o el daño irreversible a la propia vida.

Ahora muchos enarbolan la causa para que los gustos o deseos de su ego se vuelvan derechos; mientras evitan hablar de las responsabilidades. Suelen valerse del insulto o la ironía contra los que les recuerdan que no hay derechos sin responsabilidades. Cada ego trae sus propios datos que alimentan la confusión y el caos.

La idea de lograr que mis deseos se conviertan en leyes y construir mi “paraíso en la tierra”, siempre termina chocando con la realidad; y acelera el colapso personal y de grupo. La crisis aparece cuando los deseos del ego no logran funcionar en el mundo real. Ignorar la verdad siempre traerá consecuencias. C&E

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