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“Seguir alzando la voz”. Intervención de Barack Obama en la Conferencia Anual sobre Nelson Mandela d


El ex presidente de los Estados Unidos fue aclamado por miles en Johannesburgo mientras pronunció un discurso golpeando a 'la política del hombre fuerte'


Gracias a Mama Graça Machel, a los miembros de la familia Mandela, la familia Machel, el presidente Ramaphosa, que ha dado una nueva esperanza a este gran país, distinguidos invitados, Mama Sisulu y la familia Sisulu, el pueblo de Sudáfrica. Es un honor especial para mí estar aquí con todos ustedes, reunidos para celebrar el nacimiento y la vida de uno de los auténticos gigantes de la historia. Empezaré con una pequeña corrección (risas) y unas cuantas confesiones. La corrección es que bailo muy bien (risas). Quiero que quede claro. Michelle baila un poco mejor. Empecemos ahora con las confesiones:


La primera es que no estaba exactamente invitado a estar hoy aquí. Graça Machel me ordenó educadamente que viniera (aclamaciones). La segunda confesión es que he olvidado mis conocimientos de geografía y el hecho de que en Sudáfrica estamos ahora en invierno (risas). No me he traído ningún abrigo, y esta mañana he tenido que enviar a una persona al centro comercial porque me he tenido que poner unos calzoncillos largos (risas). Al fin y al cabo, nací en Hawái. La tercera cosa que debo contar es que cuando mi equipo me dijo que tenía que dar una conferencia pensé en esos viejos profesores estirados, con traje de tweed y pajarita. Me pregunté si esta era una señal más de mi nueva etapa, junto con las canas y los problemas de la vista. Pensé en que mis hijas creen que todo lo que les digo es un sermón (risas). Me acordé de los periodistas estadounidenses y de lo frustrados que solían sentirse con mis respuestas interminables en las ruedas de prensa, cuando no lograban sacarme declaraciones ni de dos minutos.


Sin embargo, dados los extraños e inciertos tiempos en los que vivimos —que son extraños, y son inciertos-, en los que las noticias de cada día generan nuevos titulares confusos e inquietantes, he pensado que tal vez sería útil retroceder un instante y tratar de ver las cosas con cierta perspectiva. Por eso les pido que me disculpen, —a pesar de que hace algo de frío—, si dedico gran parte de esta conferencia a recordar dónde hemos estado y cómo hemos llegado hasta aquí, con la esperanza de que esta reflexión nos sirva de guía para saber cuál es el camino a seguir.


Hace 100 años Madiba nació en la aldea de M —vaya, siempre me pasa lo mismo (risas), tengo que aprender a pronunciar bien la M cuando estoy en Sudáfrica— Mvezo, eso es. En realidad, es porque hace tanto frío que se me pegan los labios (risas). En su autobiografía, él habla de una infancia feliz: cuidaba del ganado, jugaba con otros niños, y luego fue a una escuela donde una maestra le puso el nombre inglés de Nelson. Como muchos de ustedes saben, Madiba decía que “no tenía ni idea” de por qué lo llamó así.


No había ninguna razón para creer que un niño negro en esa época, en este lugar, iba a cambiar la historia. Sudáfrica no llevaba ni una década liberada del dominio británico. En ese momento ya se estaban elaborando las leyes para poner en práctica la segregación y la opresión racial, lo que se conocería luego como el Apartheid. La mayor parte de África, incluida la tierra natal de mi padre, vivía bajo el poder colonial. Las potencias europeas, que habían puesto fin a una horrible guerra mundial pocos meses antes de que naciera Madiba, decidieron que este continente y sus habitantes eran, sobre todo, el botín de una disputa por el territorio, por sus abundantes recursos naturales y su mano de obra barata. La inferioridad de la raza negra se daba por descontada, así como la indiferencia hacia la cultura, los intereses y las aspiraciones de la gente de color.

Esta visión del mundo —que defiende que ciertas razas, naciones y grupos son superiores al resto, que fomenta la violencia y la coacción como la base fundamental para gobernar, basada en la ley del más fuerte y cimentada en la idea de que la riqueza se obtiene sobre todo por la fuerza— no se limitaba a las relaciones entre Europa y África ni entre blancos y negros. Los blancos también explotaban a otros blancos cuando podían. Y, por cierto, los negros también estaban muchas veces dispuestos a hacer lo mismo con otros negros. En todo el mundo, la mayoría de la gente tenía una vida de subsistencia, sin voz ni voto en la política ni en la economía. A menudo estaban sometidos al capricho y la crueldad de unos líderes ajenos a la realidad de sus países. Una persona corriente no tenía posibilidades de cambiar las circunstancias que determinaban su lugar de nacimiento. Las mujeres estaban supeditadas a los hombres. El privilegio y el estatus estaban rígidamente vinculados a la casta y al color de la piel, el origen étnico y la religión. Incluso en mi propio país, en una democracia como Estados Unidos, basada en la declaración de que todos los hombres son iguales, la segregación racial y la discriminación sistemática eran legales en casi la mitad del país y habituales en todo el resto.



Así era el mundo hace solo 100 años. Hoy todavía siguen vivas muchas de las personas que vieron aquella realidad. Por eso no es ninguna exageración calificar de extraordinarias las transformaciones que han tenido lugar desde entonces. Una Segunda Guerra Mundial, todavía más terrible que la primera, y una cascada de movimientos de liberación en África, Asia, Latinoamérica, Oriente medio, acabaron, por fin, con el poder colonial. Cada vez más pueblos, que habían sido testigos de los horrores del totalitarismo, las matanzas masivas del siglo XX, empezaron a adoptar una nueva visión para la humanidad, una nueva idea basada no solo en el principio de autodeterminación de los pueblos, sino en la democracia, el Estado de derecho, los derechos civiles y la dignidad de cada persona.


En los países con economías de mercado surgieron movimientos sindicales, se instituyeron normas comerciales y de salud e higiene. Se amplió el acceso a la enseñanza pública, nacieron los sistemas de bienestar social para contener los excesos del capitalismo y reforzar su capacidad de ofrecer oportunidades, no a unos pocos, sino a todo el mundo. El resultado fue un crecimiento económico sin precedentes. La expansión de la clase media. En mi país, la fuerza moral del movimiento de los derechos civiles no solo acabó con las leyes de Jim Crow, sino que abrió las puertas para que las mujeres y los grupos históricamente marginados encontraran su espacio público y reclamaran sus derechos de plena ciudadanía.


Nelson Mandela dedicó su vida a este largo camino hacia la libertad, la justicia y la igualdad de oportunidades. Al principio luchó por este lugar, su país, para terminar con el Apartheid y garantizar la igualdad política, social y económica de los ciudadanos no blancos y sin derechos de Sudáfrica. Sin embargo, gracias a su sacrificio, su liderazgo infatigable y, sobre todo, a su ejemplo moral, Mandela y el movimiento que encabezaba cruzó fronteras. Su figura encarnó las aspiraciones universales de las personas más desfavorecidas. Les insufló esperanza y les hizo ver que era posible una transformación moral en la conducta de los seres humanos.


La luz de Madiba era tan brillante que incluso desde su estrecha celda de Robben Island llegó a inspirar a un joven estudiante que vivía en el otro extremo del planeta a finales de los setenta. Fue capaz de hacerme pensar en cómo podría contribuir a hacer del mundo un lugar más justo, me ayudó a cuestionarme mis prioridades. Más tarde, cuando estudiaba Derecho, vi a Madiba salir de prisión, sólo unos meses después de la caída del muro de Berlín. Sentí la ola de esperanza que recorrió los corazones de todo el planeta. ¿Recuerdan ese sentimiento? Parecía que las fuerzas del progreso eran imparables. Con cada paso que daba Madiba, uno sentía que ese era el instante en el que las viejas estructuras de violencia y represión y los antiguos odios que durante tanto tiempo habían cercenado las vidas de la gente y reprimido el espíritu humano, estaban derrumbándose ante nuestros ojos.


Y luego, cuando Madiba condujo a esta nación a través de las laboriosas negociaciones, la reconciliación, las primeras elecciones libres y democráticas, cuando todos presenciamos la delicadeza y la generosidad con la que aceptó a sus antiguos enemigos y la sabiduría que demostró al apartarse del poder cuando pensó que su labor estaba hecha, comprendimos (aplausos) que los subyugados y los oprimidos no eran los únicos que estaban liberándose de los grilletes del pasado. Madiba estaba ofreciendo al opresor un regalo, la oportunidad de ver la realidad de otra manera, de participar en la construcción de un mundo mejor.



Durante las últimas décadas del siglo XX, la visión progresista y democrática que representaba Nelson Mandela estableció, en muchos sentidos, los términos del debate político internacional. Eso no quiere decir que su manera de hacer política fuera siempre la triunfadora, pero sí que fijó las condiciones, los parámetros; nos enseñó una forma de reflexionar sobre el significado del progreso y siguió empujando el mundo hacia adelante. Todavía hubo tragedias, sangrientas guerras civiles, desde los Balcanes hasta el Congo. Sin embargo, a pesar de las luchas étnicas y sectarias que siguieron estallando con una frecuencia desgarradora, la persistencia de la disuasión nuclear, la existencia de un Japón próspero y pacífico, de una Europa unificada y afianzada en la OTAN y de la entrada de China en el sistema comercial mundial redujeron enormemente la posibilidad de una guerra entre las grandes potencias. En Europa, África, Latinoamérica y el sudeste de Asia las dictaduras empezaron a dejar paso a las democracias. El mundo fue a mejor. El respeto a los derechos humanos y el principio de legalidad, plasmado en una declaración de Naciones Unidas, se convirtieron en la norma básica para la mayoría de los países, incluso en los sitios en los que la realidad estaba muy alejada de todos esos ideales. Incluso cuando se violaban los derechos humanos, los culpables empezaron a tener que estar a la defensiva.


Todos estos cambios geopolíticos llegaron acompañados de transformaciones económicas. Las economías que habían estado cerradas se abrieron, y eso, unido a la integración mundial impulsada por las nuevas tecnologías, permitió que se pusiera en marcha el talento emprendedor entre quienes habían permanecido al margen de la economía mundial. De pronto, empezaron a ser importantes. Tenían poder y la posibilidad de hacer cosas. Después llegaron los avances científicos, las nuevas infraestructuras y la disminución de los conflictos armados. De pronto, salieron de la pobreza mil millones de personas. Algunos de los países que siempre habían pasado hambre fueron capaces de alimentarse, y las tasas de mortalidad infantil cayeron en picado. Mientras tanto, la difusión de Internet permitió que la gente de todos los continentes se conectara. Las culturas y los continentes se unieron de forma inmediata. Surgió la posibilidad de que un niño pudiera tener a su alcance todos los conocimientos del mundo incluso en la aldea más remota.


Esto sucedió en solo unas décadas. Todos esos avances son reales, amplios y profundos, y se produjeron, si tenemos en cuenta toda la historia de la humanidad, en un abrir y cerrar de ojos. Hoy existe una generación que ha crecido en un mundo que, en la mayoría de los aspectos, es cada vez más libre, más saludable, más rico, menos violento y más tolerante.


Todo esto debería darnos esperanzas. Pero, aunque no podemos negar los grandes avances que ha hecho nuestro mundo desde que Madiba salió de prisión, también debemos ser conscientes de todos los aspectos en los que el orden internacional no ha estado a la altura de las expectativas. El hecho de que los gobiernos y los poderosos no hayan afrontado verdaderamente los fallos y las contradicciones de ese orden internacional es una de las razones por las que gran parte del mundo corre hoy el peligro de volver a una vieja forma de actuar más brutal y peligrosa.


Por eso tenemos que empezar por reconocer que, por más leyes que existan sobre el papel, por más declaraciones maravillosas que figuren en las constituciones, por más bellas palabras que se hayan pronunciado en las últimas décadas en las cumbres internacionales o en los pasillos de Naciones Unidas, las viejas estructuras de poder y privilegio, de injusticia y explotación nunca desaparecieron del todo. Nunca se desmantelaron por completo (aplausos). Las diferencias entre castas siguen determinando la vida de los habitantes del subcontinente indio. Las diferencias étnicas y religiosas siguen influyendo en las oportunidades de la gente, ya sea en Europa central o en el Golfo. Es innegable que la discriminación racial sigue presente tanto en Estados Unidos como en Sudáfrica (aplausos y aclamaciones). Y también es innegable que las desigualdades acumuladas durante años de opresión institucional han creado inmensas diferencias de rentas, riqueza, educación, sanidad, seguridad personal y acceso al crédito.


En todo el mundo, a las mujeres y las niñas se les sigue obstaculizando el acceso a posiciones de poder y autoridad (aplausos y aclamaciones). Se les sigue impidiendo el acceso a una educación básica. Son víctimas, en una proporción abrumadora, de violencia y malos tratos. Se les paga menos que a los hombres por el mismo trabajo. Todo eso sigue ocurriendo (aplausos y aclamaciones). Hay barrios, ciudades, regiones, países enteros a los que las oportunidades no han llegado, a pesar de las maravillas de la economía globalizada y los rascacielos relucientes que han transformado paisajes en todo el mundo.En otras palabras, existen demasiadas personas para las que, cuanto más han cambiado las cosas, más han seguido siendo iguales (aplausos).Y, si bien la globalización y la tecnología han abierto nuevas oportunidades, han impulsado un crecimiento económico extraordinario en zonas del mundo que antes malvivían, también han trastocado los sectores agrarios e industriales de muchos países. Han reducido enormemente la demanda de ciertos tipos de trabajadores y han contribuido a debilitar a los sindicatos y la capacidad de negociación de los trabajadores. Han permitido que al capital le resulte más fácil eludir las leyes y los reglamentos fiscales de las naciones-Estado y transferir millones, miles de millones de dólares con solo tocar una tecla de un ordenador


.La consecuencia de todas estas tendencias ha sido el estallido de las desigualdades económicas. Unas cuantas docenas de personas tienen tanta riqueza como la mitad más pobre de la humanidad (aplausos). Esta no es una exageración, es pura estadística. En muchos países de rentas medias y en vías de desarrollo, la nueva riqueza ha seguido empeorando la situación de la gente, porque ha reforzado y aumentado los modelos de desigualdad existentes, y la única diferencia es que ha creado todavía más oportunidades de corrupción a una escala gigantesca. Para las familias de clase media en economías avanzadas como Estados Unidos, que antes disfrutaban de una situación estable, estas tendencias han significado más inseguridad económica, especialmente para las personas que no tienen una especialización laboral, que trabajaban en el sector industrial, en fábricas, en agricultura.Prácticamente en todos los países, el desproporcionado poder económico de los que están en la cima les ha otorgado una influencia desmedida en la vida política y los medios de comunicación, la capacidad de decidir qué políticas son prioritarias y qué intereses acaban menospreciados.


Hay que señalar que esta nueva élite internacional y la clase profesional que la sostiene son diferentes de las viejas aristocracias gobernantes. Muchos de sus miembros se han hecho a sí mismos. Entre ellos hay defensores de la meritocracia. Y, aunque en su mayoría siguen siendo varones blancos, como grupo, reflejan una diversidad de nacionalidades y etnias imposible de imaginar hace 100 años. Muchos de ellos se consideran de ideas políticas progresistas, cosmopolitas y modernos. No caen en el provincianismo ni el nacionalismo, en el prejuicio racista descarado ni en un sentimiento religioso demasiado fuerte, están igual de cómodos en Nueva York como en Londres, Shanghái, Nairobi, Buenos Aires o Johannesburgo. Muchos ejercen un humanitarismo sincero. Para algunos, Nelson Mandela es uno de sus héroes. Algunos incluso apoyaron a Barack Obama en las elecciones presidenciales de Estados Unidos y, gracias a mi condición de antiguo jefe de Estado, me consideran miembro honorario de su club (risas).


Y me invitan a todo tipo de actos (risas), me pagan el billete. Aun así, en sus negocios, muchos titanes de la industria y las finanzas están cada vez más al margen de un lugar concreto, de una nación-Estado, tienen vidas cada vez más aisladas de las penalidades que sufre la gente en sus respectivos países(aplausos). Y sus decisiones —la de cerrar una fábrica, la de intentar pagar los mínimos impuestos a base de trasladar sus beneficios a un paraíso fiscal con la ayuda de contables o abogados muy bien remunerados, la de emplear a trabajadores inmigrantes, más baratos, la de pagar un soborno—, muchas veces, no tienen motivos perversos; no son más que la respuesta racional, dicen, a las exigencias de sus hojas de balance, sus accionistas y las presiones de la competencia.Pero esas decisiones se toman demasiadas veces sin tener en cuenta la solidaridad humana, ninguna comprensión básica de las consecuencias que esas decisiones van a tener para personas concretas en comunidades concretas.


Desde sus salas de juntas y sus retiros, los que toman las decisiones que repercuten en el mundo entero no tienen la oportunidad de ver el dolor en el rostro de un trabajador despedido. Sus hijos no sufren cuando se hacen recortes en educación y sanidad porque hay menos ingresos fiscales debido a la evasión de impuestos. No pueden oír el resentimiento de un viejo obrero cuando se queja de que el recién llegado al lugar en el que él trabajaba no habla el mismo idioma que él. No sufren la incomodidad y el desplazamiento que pueden sentir otros ciudadanos cuando la globalización provoca un vuelco, no solo de las estructuras económicas, sino también de las costumbres sociales y religiosas.Por eso hubo tanta gente que, al acabar el siglo XX, mientras varios comentaristas occidentales estaban proclamando el fin de la historia y el triunfo inevitable de la democracia liberal y las virtudes de la cadena de suministro mundial, no supo ver las señales de la reacción que estaba fraguándose, una reacción que adoptó muchas formas. Se anunció de manera violenta con el 11-S y la aparición de las redes terroristas internacionales, alimentadas por una ideología que tergiversaba una de las grandes religiones mundiales y proclamaba una lucha entre el islam y Occidente y entre el islam y la modernidad, y la desafortunada decisión de Estados Unidos de invadir Irak no contribuyó a mejorar las cosas, sino que aceleró un conflicto sectario (aplausos).

Rusia, humillada por la pérdida de influencia desde la caída de la Unión Soviética y amenazada por los movimientos democráticos junto a sus fronteras, empezó de pronto a reafirmar un control autoritario y, en ciertos casos, a interferir en los asuntos de sus vecinos. China, envalentonada por sus éxitos económicos, empezó a enfurecerse por las críticas a su actuación en materia de derechos humanos y dijo que la defensa de los valores universales no era más que una injerencia extranjera, el viejo imperialismo con un nombre nuevo. Dentro de Estados Unidos, y la Unión Europea, los retos a la globalización surgieron primero en la izquierda pero luego adquirieron más fuerza en la derecha, y empezamos a ver movimientos populistas —por cierto, a menudo cínicamente financiados por multimillonarios de derechas que solo quieren reducir las restricciones oficiales a sus intereses económicos— que conectaron con el malestar que sentían muchas personas apartadas de los centros urbanos, el temor a perder su seguridad económica, a que se erosionas en su estatus social y sus privilegios, a que su identidad cultural estuviera amenazada por unos extranjeros, unas personas que no tenían su mismo aspecto ni hablaban ni rezaban como ellas.


Lo peor fue seguramente el devastador efecto de la crisis financiera de 2008, el comportamiento irresponsable de unas élites que provocó años de dificultades para la gente corriente de todo el mundo y que dejó sin contenido todas las garantías anteriores de los expertos, todas esas afirmaciones de que los reguladores financieros sabían lo que hacían, que había gente supervisando, que la integración económica mundial era algo indiscutiblemente bueno. Gracias a las medidas tomadas por los gobiernos durante la crisis y las enérgicas medidas aprobadas por mi gobierno, la economía mundial ha recuperado un firme crecimiento. Pero la credibilidad del sistema internacional, la fe en los expertos en sitios como Washington y Bruselas, quedó dañada.Y entonces empezó a aparecer una política del miedo, del resentimiento y la trinchera, y ese tipo de política está hoy progresando.


Está progresando a un ritmo inimaginable hace unos años. No soy alarmista, me limito a exponer los hechos.No hay más que mirar alrededor (aplausos). De pronto está en ascenso la política del hombre fuerte, que conserva las elecciones y una pseudodemocracia —solo en la forma— mientras que los que ocupan el poder tratan de socavar todas las instituciones y las normas que dotan a la democracia de significado (aplausos). En occidente tenemos partidos de extrema derecha que a menudo no solo presentan programas proteccionistas y de cierre de fronteras sino también un nacionalismo racista apenas oculto. Muchos países en desarrollo se fijan hoy en el modelo de control autoritario y capitalismo mercantilista de China y lo consideran preferible a las complicaciones de la democracia. ¿Qué más da tener o no libertad de expresión mientras la economía vaya bien? Se ataca la libertad de prensa. La censura y el control estatal de los medios son cada vez mayores. Las redes sociales, que se consideraban un mecanismo para promover el conocimiento, la comprensión y la solidaridad, han demostrado su eficacia a la hora de fomentar el odio, la paranoia, la propaganda y las teorías de la conspiración (aplausos).


Por consiguiente, ahora que conmemoramos el 100 aniversario de Madiba, nos encontramos en una encrucijada, un momento en el que dos visiones muy distintas del futuro de la humanidad compiten para conquistar a los ciudadanos de todo el mundo. Dos relatos diferentes sobre quiénes somos y quiénes debemos ser. ¿Cómo debemos reaccionar?


¿Debemos pensar que la ola de esperanza que sentimos cuando Madiba salió de la cárcel y cayó el Muro de Berlín era una esperanza ingenua y equivocada? ¿Debemos interpretar los últimos 25 años de integración mundial como un mero desvío del inevitable ciclo de la historia en el que el fuerte siempre tiene la razón y la política es una rivalidad hostil entre tribus, razas y religiones, en el que los países compiten en un juego de suma cero y están constantemente al borde del conflicto hasta que estalla una guerra total? ¿Es eso lo que pensamos?


Les voy a decir lo que creo yo. Creo en la visión de Nelson Mandela. Creo en una visión que era también la de Gandhi, Martin Luther King y Abraham Lincoln. Creo en una idea de igualdad, justicia, libertad y democracia multirracial, construida sobre la premisa de que todas las personas son iguales y nuestro creador dio a todas unos derechos inalienables (vítores y aplausos). Y creo que un mundo regido por esos principios es posible y puede lograr más paz y más cooperación en busca del bien común. Eso es lo que creo.


Y creo que no tenemos más remedio que seguir adelante; que quienes creemos en la democracia, los derechos civiles y una humanidad común, tenemos un relato mejor que contar. Y pienso que no es una opinión basada en sentimientos, sino en hechos irrefutables.


El hecho de que las sociedades más prósperas y triunfadoras del mundo, las que tienen el mayor nivel de vida y el mayor grado de satisfacción entre su población, sean precisamente las que más cerca están de ese ideal progresista y liberal y las que han fomentado el talento y las contribuciones de todos sus ciudadanos.


El hecho de que se ha demostrado, una y otra vez, que los gobiernos autoritarios generan corrupción, porque no rinden cuentas ante nadie; que reprimen a su pueblo, acaban perdiendo el contacto con la realidad, cuentan cada vez más mentiras y, al final, provocan el estancamiento económico, político, cultural y científico. Comprobadlo en la historia. En los datos.


El hecho de que los países que se apoyan en el nacionalismo desatado y la xenofobia y en doctrinas de superioridad tribal, racial o religiosa, en los que ese es el principio que mantiene unidos a los ciudadanos, acaban por consumirse en guerras civiles o externas. No hay más que ver los libros de historia.


El hecho de que la tecnología no es un genio que pueda volver a la lámpara, por lo que ahora tenemos que acostumbrarnos a la idea de que estamos más conectados, las poblaciones van a seguir desplazándose y los retos medioambientales no van a desaparecer por sí solos, de modo que la única manera eficaz de abordar problemas como el cambio climático, las migraciones de masas y las enfermedades pandémicas será desarrollar sistemas que aseguren más cooperación internacional, no que la reduzcan (aplausos).


Nosotros tenemos un relato mejor. Pero decir que nuestra visión del futuro es mejor no significa que vaya a ganar inevitablemente. Porque la historia también demuestra el poder del miedo. La historia demuestra cómo la codicia y el deseo de dominar a otros se apodera de las mentes de los hombres. Especialmente de los hombres (risas y aplausos). La historia demuestra lo fácil que es convencer a la gente de que se vuelva en contra de los que tienen un aspecto distinto o rezan a Dios de otra forma. Por eso, si verdaderamente queremos continuar el largo camino de Madiba hacia la libertad, vamos a tener que esforzarnos más y vamos a tener que ser más inteligentes. Vamos a tener que aprender de los errores del pasado reciente. De modo que, en el breve tiempo que me queda, quiero sugerirles unas cuantas pautas para seguir de ahora en adelante, unas pautas sacadas de la labor de Madiba, sus palabras y las enseñanzas de su vida.


En primer lugar, Madiba nos enseña, a quienes creemos en la libertad y la democracia, que vamos a tener que luchar más para reducir las desigualdades y promover unas oportunidades económicas duraderas para todos (aplausos).


Yo no creo en el determinismo económico. No solo de pan vive el ser humano. Pero sí necesita pan. Y la historia nos enseña que las sociedades que toleran grandes diferencias de riqueza dan pie a resentimientos, disminuyen la solidaridad y crecen más despacio; y que, cuando la gente alcanza un nivel que va más allá de la mera subsistencia, empieza a medir su bienestar en comparación con sus vecinos y en función de si sus hijos tendrán una vida mejor. Y la historia demuestra también que, cuando el poder económico está concentrado en manos de unos pocos, detrás va el poder político, y esa es una dinámica que socava la democracia. A veces puede tratarse de abierta corrupción, pero a veces puede no tener nada que ver con el intercambio de dinero, sino solo consistir en que los ricos consigan todo lo que quieren, que es una situación que erosiona la libertad.


Madiba lo comprendió. No es nada nuevo. Nos lo advirtió. Dijo: “Cuando la globalización significa, como ocurre tantas veces, que los ricos y los poderosos tienen nuevos medios para enriquecerse más y dotarse de más poder a expensas de los pobres y los débiles, [entonces] tenemos la responsabilidad de protestar en nombre de la libertad universal”. Eso es lo que dijo (aplausos). Por eso, si hoy nos tomamos en serio la libertad universal, si nos preocupa la justicia social, tenemos la responsabilidad de hacer algo al respecto. Y, con todos los respetos, quiero corregir lo que dijo Madiba. No suelo hacerlo, pero creo que no basta con que protestemos; tenemos que construir, tenemos que innovar, tenemos que averiguar cómo cerrar esas diferencias de riqueza y oportunidades que son cada vez más amplias dentro de cada país y entre unos países y otros (aplausos).


La forma de lograrlo será distinta según cada país, y sé que su nuevo presidente está muy dispuesto a remangarse para intentarlo. Los últimos 70 años nos han enseñado que no debe ser un capitalismo descontrolado, inmoral y sin regular, y tampoco un socialismo de vieja escuela en el que se controle todo desde arriba. Esas cosas ya se probaron y no dieron muy buenos resultados. En casi todos los países, el progreso dependerá de un sistema de mercado integrador, que asegure la educación a todos los niños, que proteja la negociación colectiva y garantice los derechos de todos los trabajadores (aplausos), que rompa los monopolios para fomentar la competencia en las pequeñas y medianas empresas, y que tenga unas leyes que acaben con la corrupción y garantice el juego limpio en los negocios; que mantenga cierto tipo de fiscalidad progresiva para que los ricos sigan siendo ricos pero devuelvan algo a la sociedad, de modo que todos los demás ciudadanos tengan dinero para financiar la sanidad universal y la jubilación, y sea posible invertir en infraestructuras e investigación científica con el fin de construir plataformas para la innovación.


Tengo que añadir, por cierto, que estoy sorprendido por el dinero que he cobrado, y no tengo ni la mitad que esa gente, ni la décima parte, ni la centésima parte. Hay un límite a lo que uno puede comer o la casa que se puede comprar (vítores y aplausos). Hay un límite a los viajes que se pueden hacer. Basta ya (risas). No hace falta hacer un voto de pobreza para decir: “Voy a ayudar un poco a otra gente, voy a atender a ese niño que no tiene suficiente para comer o necesita dinero para la escuela, voy a ayudarle. Voy a pagar un poco más de impuestos. No pasa nada. Puedo permitírmelo”. (Vítores y aplausos.) Me refiero a que es poco ambicioso no querer más que tener cada vez más , en vez de decir “Cuántas cosas tengo. ¿A quién puedo ayudar? ¿Cómo puedo dar cada vez más?” Porque esa es la verdadera ambición, las ganas de influir. Qué regalo tan maravilloso es poder ayudar a la gente, y no solo a uno mismo (aplausos). ¿Dónde estaba? Me he distraído (risas). Ya me entienden.


Se trata de promover un capitalismo integrador dentro de cada país y entre unos países y otros. Por ejemplo, mientras trabajamos para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, debemos superar la mentalidad de obras benéficas. Tenemos que llevar más recursos a las bolsas más olvidadas del mundo mediante inversiones y acciones emprendedoras, porque en todo el mundo existe el talento, si se le da una oportunidad (vítores y aplausos).


En el sistema internacional de comercio, es legítimo que los países más pobres busquen acceso a los mercados más ricos. Y, por cierto, a los mercados más ricos les digo que su gran problema no es un pequeño país africano que vende té y flores. Ese no es su mayor obstáculo económico. También es normal que las economías avanzadas como Estados Unidos demanden reciprocidad a países como China, que ya no son países exclusivamente pobres, que exijan el acceso a sus mercados y que dejen de robar la propiedad intelectual y piratear nuestros servidores (risas).


No obstante, aunque haya cosas que discutir sobre las relaciones económicas y comerciales, es importante reconocer esta realidad: por más que la deslocalización de los puestos de trabajo del Norte hacia el Sur y de Occidente hacia Oriente fuera una tendencia dominante a finales del siglo XX, hoy, el mayor reto para los trabajadores en países como el mío es la tecnología. Y el mayor reto para su presidente, cuando piense en cómo aumentar el empleo, también va a ser la tecnología, porque la inteligencia artificial ya está aquí y es cada vez más poderosa, y van a tener coches sin conductor, y cada vez más servicios automatizados, y eso va a hacer más difícil dar empleo de calidad a la gente, y vamos a tener que ser más imaginativos y reconcebir por completo nuestra organización social y política, para proteger la seguridad económica y la dignidad que van asociadas al empleo. Un trabajo no solo da dinero; da también dignidad, y estructura, y una posición en el mundo, y un propósito (aplausos). Por eso vamos a tener que pensar en nuevas formas de reflexionar sobre estos problemas, como la renta universal, la revisión de nuestra jornada semanal, cómo reconvertir a nuestros jóvenes, cómo hacer que todo el mundo sea, en cierto modo, emprendedor. Y vamos a tener que preocuparnos por la economía para restablecer verdaderamente la democracia.


En segundo lugar, Madiba nos enseña que ciertos principios son auténticamente universales. El más importante es el principio de que estamos unidos por una humanidad común y que cada persona tiene una dignidad y un valor intrínsecos. Es increíble que tengamos que seguir reivindicando esto hoy día. Más de un cuarto de siglo después de que Madiba saliera de la cárcel, todavía tengo que estar aquí y dedicar tiempo a decir que los negros, y los blancos, y los asiáticos, y los latinoamericanos, y las mujeres, y los hombres y los gays, y los heterosexuales somos todos seres humanos, que nuestras diferencias son superficiales, y que debemos tratarnos unos a otros con atención y respeto. Me parece que a estas alturas ya deberíamos saberlo. Pero resulta que ahora estamos presenciando la reciente deriva hacia la política reaccionaria, que la lucha por una justicia fundamental nunca termina. Tenemos que estar constantemente alerta y luchar contra la gente que intenta ascender a base de aplastar a los demás. Tenemos que ofrecer una resistencia activa, y este es un aspecto importante, especialmente en algunos países africanos como la tierra natal de mi padre. Ya he hablado en otras ocasiones de esto; debemos resistirnos a la idea de que los derechos humanos esenciales, como la libertad de discrepar, el derecho de las mujeres a participar plenamente en la sociedad, el derecho de las minorías a la igualdad de trato y el de las personas a no ser atacadas ni encarceladas por su orientación sexual no son cosa nuestra, debemos tener cuidado de no caer en ello, de no decir que son unos conceptos occidentales, y no unos imperativos universales (aplausos).


Una vez más, Madiba lo había previsto. Sabía de lo que hablaba. En 1964, antes de que lo condenaran a cadena perpetua, explicó desde el banquillo de los acusados que “la Carta Magna, la Petición de Derechos, la carta de derechos son documentos venerados por los demócratas de todo el mundo”. En otras palabras, no dijo: “Esos textos no los escribieron unos sudafricanos, así que no puedo hacerlos míos”. Lo que dijo fue: “Esos textos son parte de mi patrimonio. Son parte del patrimonio de la humanidad. Tienen que ver con este país, conmigo, contigo. Y ese fue uno de los elementos que le dieron la autoridad moral que nunca logró tener el régimen del Apartheid, porque Madiba estaba más familiarizado con estas ideas que los responsables de aquel sistema (risas). Había leído sus documentos con más atención que ellos. Y por eso dijo después: “La división política basada en el color de la piel es completamente artificial y, cuando desaparezca, desaparecerá también la dominación de un grupo sobre otro”. Así hablaba Nelson Mandela en 1964, cuando yo tenía tres años (aplausos).