LÓPEZ OBRADOR, UN GENIO DE LA COMUNICACIÓN POLITICA



Más allá de la veneración o el odio ciegos que pueda despertar, Andrés Manuel López Obrador es el mejor comunicador político activo en México. Eso significa que quien desee emularlo, superarlo o derribarlo necesita primero entenderlo y hasta admirarlo.

A lo largo del siguiente texto se hará un análisis de su discurso, tácticas de comunicación, la forma en que ha influido en las reglas electorales a su beneficio y por último algunas reflexiones para superarlo.

LA NARRACIÓN DE LÓPEZ OBRADOR

Un político exitoso no sólo necesita tener clara una historia de quién es, por qué está en la vida pública y lo que desea hacer, sino también presentarla de tal forma que sus seguidores lo entiendan. Ninguna campaña exitosa es plenamente racional o emocional, sino debe apelar a ambas facetas del individuo. Si el candidato triunfa con un discurso simplista y atávico, es hora también de cuestionar la calidad del discurso de las otras alternativas.

Buena parte del éxito de López Obrador se debe a su capacidad de encarnar los valores y discursos de poder que nos inculcaron décadas de adoctrinamiento en el nacionalismo revolucionario y su visión autoritaria y providencialista. Según esta visión el individuo es alguien a quien se le debe guiar y tutelar, salvándolo de sus errores.

Para decirlo de otra forma López Obrador, se ha sabido presentar como el líder visionario, bueno y ético que desinteresadamente acabará con todos los males como la corrupción, y cumplirá la gran promesa de la revolución: la justicia social. Frente a una Constitución que se le veía más como un programa que como un conjunto de garantías, la narrativa del PRI inculcó la idea de que tarde o temprano llegaría esa persona mientras se nos limitaba un derecho ciudadano básico como exigir cuentas a los gobernantes o premiarlos y castigarlos electoralmente.


A ese discurso el tabasqueño agregó un ligero toque religioso, aunque no de manera directa sino a través de frases y símbolos fáciles de entender. Se le acusa de mesiánico y redentor, pero sólo está adoptando los símbolos y cánones que entiende la mayo- ría de la gente y nadie ha sabido cambiar.

También vale la pena resaltar su vestimenta, clara y casi blanca, así como el fondo: un conjunto de edificios en segundo plano tras un parque. Para alguien que se ha apoyado en una imagen austera y que presuntamente vive en un modesto departamento al sur de la ciudad, no significa que viva ahí, sino que nos llevará a todos a ese estado de bienestar si lo seguimos. El resto de los spot que ha grabado lo colocan en una habitación correspondiente a un estrato socioeconómico elevado y hasta culto.

A pesar de apelar a una población de escasos recursos a través de un discurso de reivindicación social, como en su “por el bien de todos primero los pobres” en su campaña de 2006, cuida no presentarse pobre, sino apelar a los anhelos aspiracionales de sus bases.

La visión que nos ofrece de la historia, con sus simplismo, es parte del discurso historiográfico que se nos inculcó: Santa Anna nos traicionó, los españoles y estadounidenses nos saquearon y el Porfiriato era el infierno. Sólo de acuerdo con este discurso sobre simplificador pueden ser convivir como próceres un liberal como Benito Juárez y un estadista como Lázaro Cárdenas, por ejemplo.

¿Es un discurso atávico? Lo es. ¿Por qué ningún partido ha logrado construir uno nuevo en los casi treinta años que lleva López Obrador en la oposición?

Su capacidad para enarbolar esos valores le ha permitido ganarse la adhesión ciega de sus seguidores. Para ellos es como si Pepe “el toro” hubiera resucitado para me- terse a la política. ¿Significa que son, como diría coloquialmente, “Pejezombies”. No: más bien se encuentran tan convencidos que bloquean en automático toda información que cuestione sus creencias.

Gracias a ello López Obrador es inmune a todo ataque personal. A él no lo derrumbará un escándalo, sino alguien que sea capaz de posicionar un nuevo discurso que sepa ganar la adhesión de sus bases.

Es posible que dentro de unas décadas, cuando se escriba la historia, el tabasqueño no sea recordado como un político de izquierda sino como el último líder de masas del nacionalismo revolucionario.

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