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La armada demócrata inicia la batalla contra Trump

Textos de Otros.


Con los caucus de Iowa que empiezan mañana, el Partido Demócrata inicia sus primarias para elegir al líder que se enfrentará con el presidente de Estados Unidos en las elecciones de noviembre. Crónica tras los pasos de los candidatos en liza.


01. Elizabeth Warren

La combativa senadora ha sido el azote de Wall Street y defiende un giro a la izquierda.


El 14 de enero Elizabeth Warren vive uno de sus momentos cumbre de los siete debates que los precandidatos demócratas llevan celebrados. La tensión de la noche es máxima por una polémica desatada el día anterior con la campaña de su viejo amigo y ahora rival, el también senador Bernie Sanders. La CNN ha publicado que, en una reunión entre ambos mantenida en 2018, cuando aún no se habían anunciado las postulaciones para la Casa Blanca, Sanders dijo a Warren que una mujer no podría ganar las elecciones presidenciales y ella se lo discutió. El equipo del político de Vermont lo desmiente ipso facto y, al cabo de unas horas, un comunicado de la senadora declara el episodio verídico.


Al día siguiente ambos se ven las caras en el escenario, en Des Moines, Iowa, y cuando una de las moderadoras les plantea la contradicción, los dos mantienen sus respectivas versiones. “¿Puede una mujer derrotar a Donald Trump? Mire a los hombres sobre este escenario [había cuatro], en conjunto han perdido 10 elecciones. Las dos únicas personas que han ganado cada una de sus elecciones son las mujeres, Amy [Klobuchar, senadora por Minnesota] y yo”, reivindica Warren, provocando una fuerte ovación del público, “y la única persona aquí que ha quitado a un republicano electo del puesto en los últimos 30 años soy yo”.


En Union Pub, uno de esos bares de Washington que vive la política con la misma pasión que el béisbol o el fútbol, una australiana de 36 años que espera votar en noviembre por primera vez, como nueva ciudadana estadounidense, mira embelesada el televisor. “Lo que ella quiere, fundamentalmente, es cambiar la sociedad estadounidense hacia algo más igualitario. La sanidad pública, la condonación de la deuda universitaria… Es lo que este país necesita”, afirma Sara Roach. Esas dos propuestas, se le hace notar, no son muy diferentes de las de Sanders, el otro gran izquierdista de la contienda. “Pero me gusta más ella, es una mujer muy perceptiva, muy sutil, creo que será mejor líder,” responde. Además, “tiene esa energía…”, apunta dejando la frase suspendida en el aire, buscando adjetivo.


No lo requiere. Este periódico ha seguido casi media docena de actos de su campaña en los últimos meses y ha podido comprobar que Elizabeth Ann Warren (Oklahoma City, 70 años) desprende energía a secas. Del debate demócrata en Miami, el pasado junio, a un vibrante mitin en Carolina del Norte el pasado otoño, pasando por varias citas en Iowa, entre noviembre y enero. Da largas zancadas hasta llegar al escenario, a veces corretea, habla combativa, lanza exclamaciones. Y al acabar, es capaz de pasar tres horas estrechando manos y tomándose selfis con seguidores. Quien dude de esto último, que pregunte en Raleigh por el 7 de noviembre.


En unas primarias en las que la edad avanzada de los primeros en los sondeos (Biden tiene 77; Sanders, 78) llama la atención, la senadora de Massachusetts se afana en demostrar que ese no es un problema para ella, tercera en el promedio de encuestas. Tampoco ser mujer. ¿Pero qué tal lanzar semejante giro a la izquierda en un país que asocia la palabra socialismo al comunismo?


Un sábado de noviembre, en un acto con sindicatos en Cedar Rapids (Iowa), lo resume de este modo: “El único motivo por el que he entrado en esta carrera es porque veo una América que funciona cada vez mejor para una parte de la población cada vez más pequeña, que está en la cúspide”. “Para revertir eso van a hacer falta grandes cambios”, añade. Viste su uniforme oficial de los mítines: calzado plano y deportivo, un pantalón algo acampanado y camiseta, todo de riguroso negro, contrarrestado por una chaqueta de punto colorida, ese día, roja. Su partido atraviesa un dilema: si un giro demasiado progresista puede espantar a los votantes moderados en las urnas en noviembre. La noche anterior, en la cena por la Justicia y la Libertad en Des Moines, que reunió a todos los aspirantes, Warren lanza un aviso en forma de arenga: “Cualquiera que se suba a este escenario y os diga que va a lograr un cambio sin lucha, es que va a perder esa lucha”, exclama.



A quien la escuche le costará creer que, durante muchos años, Elizabeth Warren fue republicana. No se puede entender su conciencia política sin conocer su biografía, un relato sobre el esplendor y crisis de la clase media en un pedazo de la llamada América profunda. La historia de los Herring —su apellido de soltera— se quiebra a principios de los 60, en Oklahoma City, cuando ella tiene 12 años y su padre sufre un grave infarto que lo retira del mercado laboral durante demasiado tiempo. Fue por las noches, escuchando las conversaciones de sus padres, cuando aprendió palabras como hipoteca, ejecución, desahucio.


Una de las veces fue llorando a su madre, temerosa de acabar viviendo en la calle, y la mujer le prometió: “No vamos a perder esta casa”. Su madre, que tenía 50 años y jamás había tenido empleo, encontró uno en los grandes almacenes Sears con sueldo mínimo. Conservaron su hogar.


“Quien os diga que va a lograr un cambio sin lucha, es que va a perder esa lucha”, clama la enérgica Warren

“La historia de mi madre es también una historia de Gobierno, porque cuando yo era niña, un trabajo a tiempo completo con sueldo mínimo pagaba la hipoteca y ponía comida en la mesa. Hoy un trabajo así no es capaz de sacar a una mujer y a un bebé de la pobreza… ¡Eso está mal! ¡Y por eso estoy en esta lucha!”, clama la senadora, con palabras casi idénticas, en buena parte de sus mítines. Se casó a los 19 años y dejó de estudiar, pero luego, ya madre de su primera hija, volvió a la universidad. En la campaña cuenta que cuando después empezó a dar clases en la escuela pública y se quedó embarazada de nuevo, la despidieron.


Para Warren, lo personal no puede ser más político. Muchos años después de aquel drama familiar, se acabaría convirtiendo en una gran experta en bancarrotas personales y en el sector financiero. Enseñaba esta materia en Harvard cuando en 2008, en pleno crash, Obama la fichó y diseñó la agencia de protección al consumidor financiero. En 2012 ganó su escaño por Massachusetts apeando del puesto a un republicano, Scott Brown (sí, al que se refirió en el debate), y en el ocaso de la era Obama ya se había erigido en un referente ideológico del Partido Demócrata, azote de Wall Street e impulsora de un giro progresista ahora cada vez más central. Resulta sintomático que el consejo editorial de The New York Times haya decidido apoyarla a ella junto a Klobuchar.


Se ha lanzado a la Casa Blanca con una batería de planes para todo, pero la parte del león es un programa económico que, de aplicarse al dedillo, supondría una suerte de revolución, pues concede al Gobierno un grado de intervención irreverente en un país como Estados Unidos. Aunque se declara capitalista —Forbes le ha calculado un patrimonio de 12 millones—, quiere otras reglas de juego. Ha prometido luchar contra la corrupción, trocear grandes empresas como el gigante tecnológico Facebook arguyendo su dominio de mercado, impulsar la universidad pública gratuita y un sistema sanitario universal que gradualmente acabe eliminando la opción de los seguros privados. Todo sufragado, en buena parte, por una subida fiscal a grandes fortunas. Habla de un nuevo impuesto del 2% anual para los hogares con activos de más de 50 millones y un punto adicional para lo que pasen de 1.000. Las cifras han sido cuestionadas por varios expertos y, con el paso de los meses, ha ido suavizando su mensaje, poniendo el acento en la gradualidad. En los mítines se explica como si estuviese en un aula, hablando más como una profesora entusiasta que como una revolucionaria.


Este lunes, en los caucus (primarias) de Iowa, se enfrenta al primer asalto. La campaña acabará de forma atropellada debido al impeachment a Trump, que le obliga a permanecer en Washington siguiendo cada sesión. Eso la llevó el 15 de enero por la noche a regresar precipitadamente a la ciudad. Era de noche y la vi pasar por un barrio cercano al Capitolio. Llevaba su habitual pantalón negro, sus zapatillas y una cazadora oscura. Iba, cómo no, corriendo.



02. Pete Buttigieg

El aspirante más joven, de 38 años, sigue el idealismo pragmático de Obama y sería el primer presidente abiertamente homosexual.



El aspirante más joven, de 38 años, sigue el idealismo pragmático de Obama y sería el primer presidente abiertamente homosexual.


La carrera por la presidencia del Gobierno más poderoso del mundo comienza entre los maizales de Iowa, un Estado de algo más de tres millones de habitantes y una escasa diversidad racial, poco representativa de lo que es hoy Estados Unidos. En ese trozo de América se celebran, sin embargo, los primeros caucus para elegir al candidato de cada partido a las elecciones y eso ha llevado el primer sábado de noviembre a Pete Buttigieg al colegio de secundaria de Decorah, un pueblo con 7.000 vecinos y una curiosa huella cultural escandinava, fruto de la inmigración del siglo XIX.


“¡Me encanta estar en una ciudad donde a nadie le va a parecer raro que uno aprenda noruego de forma autodidacta!”, espeta a un público eminentemente mayor nada más subir al escenario. Buttigieg estudió nociones de ese idioma para poder leer al novelista Erlend Loe en versión original. También habla algo de español, chapurrea árabe y, si se incendia la catedral de Notre Dame, da el pésame en francés. Es graduado en Harvard, becado del prestigioso programa internacional Rhodes y sí, cómo no, también toca el piano. El más joven aspirante a la Casa Blanca, de 38 años recién cumplidos, tiene un aire de niño prodigio casi agotador. A los 29 ya era alcalde de su natal South Bend, Indiana. De adolescente, en el último año de instituto, ganó un concurso de la Biblioteca Presidencial John F. Kennedy con un ensayo sobre un político izquierdista de Vermont, ni más ni menos que Bernie Sanders. “El coraje de Sanders es evidente en la primera palabra que usa para describirse a sí mismo: socialista”, escribió.


Buttigieg pelea dos décadas después con ese senador y otro puñado de curtidos políticos por la candidatura demócrata. Si gana, será el primer presidente estado­unidense de la generación milenial y, también, el primero abiertamente homosexual. Este periódico lo acompañó durante dos días en una ruta en autobús por Iowa a principios de noviembre para tratar de averiguar el secreto de este hombre que, con poca más experiencia política que la de la alcaldía de una ciudad de 100.000 habitantes, se ha colocado cuarto en los sondeos, por delante de un buen puñado de veteranos de Washington.


“Debemos demostrar a los americanos de zonas rurales, conservadores, que son parte del futuro que queremos. Debemos apelar a más estadounidenses”, dice B