La “primera dama” que no quiere serlo



Su marido aún no toma protesta como Presidente de México y Beatriz Gutiérrez Müller ya dejó claro que no quiere ser “Primera Dama”. La esposa de Andrés Manuel López Obrador entró así al escenario público: firme y destrozando viejos estereotipos y paradigmas sobre el papel de las mujeres en un país predominantemente machista.

Mujer con doctorado en literatura, escritora, periodista y profesora universitaria, Gutiérrez Müller fue una de las piezas clave en el tercer intento de su esposo por llegar a la silla presidencial, en medio del hartazgo social por la corrupción, la marcada desigualdad y pobreza en que viven 4 de cada 10 mexicanos.

A diferencia de las campañas del 2006[1] y 2012, en las que se mantuvo con bajo perfil y alejada de los reflectores de la vida pública, esta vez la esposa de López Obrador (AMLO) jugó un rol mucho más activo y protagónico. Era la tercera y la vencida, el último intento por ganar las elecciones.

Su presencia no se quedó en ser ese personaje femenino aledaño, que se limita a acompañar al candidato a eventos y reuniones, ni esa figura que sólo aparece en la foto –rol que comúnmente le endilgan a las parejas de aspirantes a cargos elección–. Conocedora del ámbito público y los vaivenes de las política[2], decidió involucrarse de lleno y fortalecer las estrategias de campaña buscando el triunfo de su marido.

En un contexto donde cada vez existe más interés o morbo por saber de la vida privada de los personajes públicos, el carácter, preparación y frescura de Beatriz fue determinante para participar (avanzar en, consolidar) en la campaña con una agenda paralela.

La esposa de López Obrador encabezó reuniones con mujeres de diferentes sectores; dio entrevistas; acompañó al candidato a mítines y dirigió discursos que lograron hacer eco en distintos medios, y fue más allá: animada por su esposo, aceptó grabar y sumar a la campaña varios vídeos suyos cantando. Además de “El necio” y “Qué manera de quererte” –como si fueran con dedicatoria al candidato–, se incluyó estratégicamente una canción de su autoría titulada “Canta, canta”, donde se acompaña de un coro de mujeres y hace un llamado a armar una patria para todos, a parar la guerra y el horror, como si se refiriera al actual sistema político en el país.

Para participar en la campaña, Gutiérrez Müller no se disfrazó, siguió siendo ella, jugó su propio papel y se movió en sus terrenos, en lo suyo, en lo que sabe. Autora de tres libros y amante de la palabra, recorrió el país organizando veladas literarias para acercarse a distintos círculos sociales, lo que le permitió compartir el proyecto de nación de su esposo y ampliar “de manera natural” las redes de apoyo al candidato.

Pero más allá de replicar los mensajes de campaña ante distintos foros, Gutiérrez Müller dejó entre ver estratégicamente un poco más sobre quién era el hombre que aparecería en la boleta electoral el 2 de julio, la parte más humana y no política de López Obrador (AMLO). En diversos espacios compartió anécdotas de ellos como pareja, como padres y como individuos, desmitificando al personaje y generando simpatías, pero sobre todo buscando sumar votos, en una contienda donde 52% del electorado eran mujeres.

En las plataformas de sus redes sociales, a las publicaciones que regularmente hacía de literatura, efemérides e historia, Beatriz debió sumar contenidos coyunturales y sobre el proyecto de nación propuesto por el candidato. Incluso, en un mundo digital donde parece tradición que se ataque a quien piensa distinto a ti, la señora supo sacar partido a los memes y no perdió oportunidad para compartir estratégicamente algunos sobre su marido, posicionando el movimiento #AMLOver y dándole un toque de humor a la contienda.

De criterio propio y con una visión clara sobre las desigualdades sociales en nuestro país, Gutiérrez Müller había dicho desde la contienda del 2012 que de ganar su marido ella sería un personaje gris y de bajo perfil. Esta vez fue más allá y durante un mitin en Veracruz hizo uso de su retórica y pidió acabar con el término “primera dama”, por considerarlo un título clasista y que el aceptarlo sería asumir que hay mujeres de primera, de segunda y de otro tipo.

Así es como coloquialmente se les llama a las esposas de los Presidentes –en México y en varios países del mundo–, pero en medio de la lucha de miles de mujeres por tener piso parejo, el pronunciamiento de Gutiérrez Müller a unos días de las elecciones tuvo eco. Sus palabras retumbaron en medios de comunicación, generando cientos de conversaciones en redes y, por qué no decirlo, también cumpliendo con el objetivo: sumar más simpatías y votos para su marido.

Ganadas las elecciones que convertirán a López Obrador en Presidente de un país con 53 millones de pobres, la señora no sólo rechaza el título sino también se rehúsa y reitera su postura de no ser la tradicional “primera dama” de México.

En las últimas décadas, más por tradición que por obligación, a la esposa del Presidente en turno de nuestro país se le asignaba encabezar los esfuerzos del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), un organismo público creado para la asistencia social. Sin denostar el trabajo ni las importantes aportaciones hechas por algunas mujeres que han estado ahí, este cargo honorario se les endilgaba independientemente del perfil, intereses y habilidades que tuviera la señora.

En pocas palabras: se estaba ahí por el marido, por ser “la esposa de”.

Consciente de su individualidad y fiel defensora de la mujer, Gutiérrez Müller no aceptará que le enjareten ese rol y no encabezará el DIF; eligió continuar dedicándose a lo suyo, a lo que le gusta, desde donde puede aportar a la construcción del país y en la zona donde se siente más cómoda y segura: la cultura, la historia y las letras.

La decisión de Beatriz Gutiérrez no es cosa menor. Pone fin a la tradición de confinar a las esposas de mandatarios en el organismo, cuyos servicios y apoyos son la principal o única opción que tienen adultos mayores, mujeres, infantes y personas con discapacidad para tratar de salir de su situación de vulnerabilidad. Además, hará que se tome de manera seria el impacto, relevancia y alcance de sus programas, sin que se le minimice a una dependencia para “darle juego” a la consorte del mandatario.

El impacto del anunció también alcanzará el rol de las parejas de los próximos gobernadores y alcaldes, que se asume estarían al frente de los DIF estatales y municipales. Espacios que las obligaba, con mayor o menor protagonismo, a tener presencia en el escenario público del país.

Mientras en campaña ofreció su apoyo para “feminizar la vida pública” y no ser una esposa complaciente o dócil, se espera que sus próximos posicionamientos y críticas vayan más allá de sí debe ser llamada “primera dama” o no. Y es que alguien con su perfil, genera altas expectativas y desde el papel que decida desempeñar, el ser la esposa y persona más cercana al Presidente de México le dará ­–quiera o no– un lugar muy privilegiado, convirtiéndola en referente para miles de mujeres en el país.

El 1 de diciembre sabremos finalmente cuál será el papel que jugará durante el periodo presidencial de su marido. Por lo pronto, queda claro que buscará cuidar sus roles como esposa y madre, como ciudadana y profesionista, pero sobre todo como una mujer reflexiva y preparada, que no vive a la sombra del marido.

Y si en toda historia siempre hay un personaje femenino, Beatriz Gutiérrez Müller ha sido la protagonista de su propia historia al lado del Presidente electo del país. Y en un país de machos, ella ha sabido marcar su propia agenda: la de una mujer inteligente, culta, libre, sensible a los problemas del país y compañera del próximo mandatario de México.

[1] En el proceso electoral del 2006, AMLO y Beatriz Gutiérrez Müller aún no estaban casados; contrajeron nupcias en octubre de ese mismo año, meses después de las elecciones.

[2] Entre 2001 y 2005, cuando se conocieron, Gutiérrez Müller laboró como su asesora cuando él era titular del Gobierno del Distrito Federal.


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