El largo adiós de Donald Trump

El presidente estadounidense se resiste a admitir su derrota. Si millones de ciudadanos se niegan a creer que las elecciones fueron limpias, pese a las abundantes pruebas de lo contrario, ¿cómo podemos empezar a dialogar con ellos?, se pregunta Siri Hustvedt, premio Princesa de Asturias de las Letras


Un cartel que dice “estás despedido” destaca entre los que se concentran delante de la Casa Blanca el pasado 6 de noviembre. MICHAEL REYNOLDS / EFE

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A última hora de la mañana del 7 de noviembre volvía de la compra con el carro lleno, por mi barrio de Brooklyn. Pasé junto a un chico que miraba con atención el teléfono y vi que tenía los ojos muy abiertos por encima de la mascarilla. Entonces empezaron a sonar bocinas de coches. La calle estalló en vítores, gritos de alegría y silbidos. Una mujer a unos metros de distancia juntó las manos en gesto de agradecimiento. Habían proclamado el resultado de las elecciones. El aparato electoral, escaso de recursos, ineficaz y fragmentado, lastrado en muchos Estados por unos requisitos para poder votar destinados a impedir la participación de los negros, los morenos, los indios americanos y los pobres, había funcionado a pesar de todo. Incluso Fox News, el órgano de propaganda de Rupert Murdoch al servicio de Trump, había declarado a Biden presidente electo. Esa noche, Joe Biden dijo: “Acabemos con esta sombría era de demonización en Estados Unidos”.