Los secretos de la estrategia

Teoría y práctica de los grandes estrategas de la historia según Gaddis y Liddell Hart. Las resumimos en un decálogo.


Textos de otros.



El presidente Abraham Lincoln interpretado por Daniel Day-Lewis en un pasaje de la película ‘Lincoln’ llevada al cine por Steven Spielberg en 2012. (David James)


Un libro es de obligada lectura cuando nada más comenzar tiene la osadía de comparar el paso del Bósforo del rey persa Jerjes I en 480 a.C. con el desembarco de Normandía organizado por el general Eisenhower en 1944. Grandes estrategias es ese libro. Su autor, John Lewis Gaddis (Cotulla, Estados Unidos, 1941), es un re­putado profesor de Yale, premio Pulitzer en 2012, impulsor del ­programa Brady-Johnson, probablemente una de las personas más adecuadas para reorientar el es­tudio de la historia a través de ese principio de método llamado estrategia, es decir, la política bélica, para decirlo con el autor clásico de ­estos estudios sir Basil Liddel Hart (París, 1895), del que se reedita ahora su obra más importante.


Y es la persona adecuada porque fusiona en su trabajo el conocimiento del pasado y la reflexión sobre el futuro, cualidad privativa de las inteligencias superiores, que decía Scott Fitzgerald: esas inteligencias capaces de confrontar ideas opuestas, y seguir funcionando. Porque pensar el futuro explicando el pasado requiere unir sentido común y sensibilidad política para delimitar el tiempo, el espacio y la escala de los acontecimientos que han marcado el rumbo de la historia.


John Lewis Gaddis


Fusiona en su trabajo el conocimiento del pasado y la reflexión sobre el futuro, cualidad privativa de las inteligencias superiores


Gaddis ha aprendido estrategia de los autores que cita como re­ferentes: de Tucídides el conocimiento del pasado para entender el futuro; de san Agustín el valor de la adversidad; de Maquiavelo el ajuste de las aspiraciones ilimitadas (los fines) con las capacidades limitadas (los medios); de Lincoln el criterio para alcanzar un fin honorable –la desaparición de la esclavitud– por medios ruines; de John Quincy Adams el sentido de las celebraciones como arma patriótica, de Tolstói la pesquisa de lo relevante y lo significativo allí donde parece no estar; de Roosevelt la convicción de que la pureza ideológica no es tan importante como la geografía, los equilibrios de poder y la necesidad de una armada; de Berlin la proporcionalidad para medir un mundo lleno de contradicciones.

Porque, en definitiva, su método de trabajo (y su enseñanza) consiste en comparar, sin importarle los saltos en el tiempo, situaciones disímiles que buscan una misma solución: “Augusto prosperó mediante el aprendizaje del autocontrol, Marco Antonio fracasó por olvidarlo; san Agustín y Maquiavelo legaron la mano dura y la mano blanda con la que Felipe II e Isabel I darían forma a diferentes mundos nuevos; Napoleón perdió su imperio por confundir aspi­raciones y capacidades, y Lincoln salvó su país esquivando esa con­fusión”.


Una paradoja


De Lincoln aprendemos el criterio para llegar a un fin honorable –el fin de la esclavitud– por medios ruines


La formación de Estados Unidos es el ejemplo al que dedica buena parte del libro, no solo porque es su país sino también porque le per­mite entender la dificultad de conjugar el principio de la declaración de independencia –“todos los hombres han sido creados iguales”– con la realidad política de los trece estados que la firmaron; muchos de ellos favorables a la esclavitud como mano de obra. Se dieron pasos para subsanar esta contradicción: los artículos federalistas de Hamilton o las diferentes enmiendas constitucionales, pero no bastaron; al final se resolvió al precio de una guerra civil.

Lo que no supieron hacer los políticos, lo resolvieron los generales en el campo de batalla, pero ahí Sherman fue más eficaz que Lee. Esto nos lleva a Europa en los años que cuestionó los acuerdos del congreso de Viena sobre la coexistencia entre estados, cuando desarrolló la idea de nación como un soporte espiritual; una decisión que, por una despiadada ironía de la historia, condujo a la política de bloques y a la Gran Guerra. Es cierto que para entonces dominaba en las cancillerías de las potencias europeas el manual de Carl von Clausewitz donde se decía que la guerra es una forma de hacer política por otros medios.


Esta idea, vigente aún a comienzos del siglo XXI, exige estudiar estrategia, más que nada por lo que pueda pasar en un mundo presidido por la subversión en las calles y la banalidad en los parlamentos. Gaddis, citando a Isaac Berlin, señala la urgente necesidad de entender, desde la estrategia, el pluralismo de nuestro tiempo, como un modo de “reconocimiento consciente de los males que persisten” y como un modo de hallar “el bien que pueda traer el hecho de paliar dichos males”.


Coincidencia


Son dos libros necesarios para aplicar el sentido común en cualquier acción. Eso que hoy resulta tan difícil


Así pues, ¿es necesario enseñar hoy la gran estrategia, o al menos el sentido común que la sostiene? Sin duda es necesario. El grave error cometido por la sociedad ­occidental en el siglo XXI se debe a su voluntad de hacer cuadrar (algo manifiestamente imposible) la edu­cación general que se enseña para ascender en las estructuras organizativas y la acumulación de saber en los años adultos. El único capital intelectual con el que cuentan los responsables políticos y económicos es el que acumularon en sus años de formación. Hay poco tiempo de aprender cosas nuevas y pocos estímulos para hacerlo.


Esta situación ha empeorado en los últimos tiempos, “por la brecha abierta entre el estudio de la his­toria y la interpretación de la teoría, ya que ambas son necesarias si queremos alinear fines y medios”. Se trata por tanto de prevenir la ­colisión entre teoría y realidad sobre la que la estrategia ha alertado siempre que una sociedad se sitúa al borde del acantilado y dispuesta a saltar. O, en términos más sencillos, aplicar el sentido común en cualquier acción. Eso que hoy resulta tan difícil.


DECÁLOGO DE LAS GRANDES ESTRATEGIAS


1. Sentido común: La facilidad con la que la ma­yoría nos manejamos la mayor parte del tiempo. En general, sabemos hacia dónde nos dirigimos, pero estamos constan­temente ajustando el rumbo para evitar lo inesperado.

2. Gran estrategia: El alineamiento de aspiraciones potencialmente ilimitadas (los fines) con capacidades necesariamente limitadas (los medios).

3. Fricción: La colisión entre la teoría y la realidad sobre la que el estra­tega Artabano trató de alertar al rey Jerjes I, sin conseguirlo.

4. Muros largos: Dícese del perímetro defensivo de una potencia. Pueden ser terrestres, como los fuertes que marcaban los límite de la unión americana, o pueden ser marítimos, como la red de islas fijada por Dean Acheson para la defensa de Estados Unidos.

5. Estimación neta: En inglés de negocios, netassesment , valoración comparativa. Dícese de los elementos que, contextualizados en sus respectivos entornos, más posibi­lidades tienen de determinar el resultado.

6. Libertad y poder: Una ecuación que verificar permanentemente porque constituye la mayor apuesta del republicano.

7. Erizos y zorros (en homenaje a Isaac Berlin): Dícese del erizo aquel que se deja llevar por un solo argumento capital; y del zorro el que persigue muchos fines, a menudo pocos relacionados entre sí.

8. Buen juicio: Dícese el que tienen los observadores autocríticos a la hora de descifrar las contradictorias dinámicas que rigen las situaciones en permanente evolución.

9. Deshonestidad positiva: Alcanzar un buen fin, por ejemplo la desaparición de la esclavitud, por medio inicuos, como el soborno, la extorsión o el chantaje.

10. Liderazgo (en homenaje a Sunziu): Detectar la simplicidad dentro de la complejidad.


Publicado originalmente por JOSÉ ENRIQUE RUIZ-DOMÈNEC, BARCELONA en LA VANGUARDIA

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