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Michel Foucault: Se persigue al diferente

"La sociedad de vigilancia quiere fundar su derecho en la ciencia; esto hace posible la “suavidad” de las penas o, mejor, de los “cuidados”, las “correcciones”, pero con ello se extiende su poder de control, de imposición de la “norma”." -Michel Foucault-



Textos de otros*


Entrevista al Filosofo francés Michel Foucault, realizada en el año 1975 por Ferdinando Scianna, donde analiza la función de las prisiones en la sociedad.

—¿Por qué la prisión, profesor? —Tenemos vergüenza de nuestras prisiones. Esos enormes edificios que separan dos mundos de hombres, que se construían antaño con orgullo, a punto tal que a menudo se los ubicaba en el centro de las ciudades, hoy nos molestan. Las polémicas que se desatan regularmente a su respecto, y hace poco a causa de numerosos motines, dan claro testimonio de ese sentimiento. Polémicas, molestia y falta de amor que, además, acompañaron las prisiones desde que estas se consolidaron como pena universal, digamos alrededor de 1820. Y sin embargo, esta institución ha resistido ciento cincuenta años. Es un hecho bastante extraordinario. ¿Cómo, fue la pregunta que me hice, una estructura a la que tanto se ha censurado ha podido resistir tan largo tiempo? —¿Cómo nacen las prisiones? —Al principio, yo creía que la culpa recaía por entero en Beccaria, los reformadores y, en suma, la Ilustración. Después, al observar las cosas con más detenimiento, me di cuenta de que no había nada de eso. Los reformadores, y en particular Beccaria, que se rebelaban contra la tortura y los excesos punitivos del despotismo monárquico, no proponían en modo alguno la prisión como alternativa. Sus proyectos, en especial los de Beccaria, se basaban en una nueva economía penal que tendía a justar las penas a la naturaleza de cada delito: así, la pena de muerte para los asesinatos, la confiscación de bienes para los ladrones y, desde luego, la prisión, pero para los delitos contra la libertad. Lo que se erigió, en cambio, fue la prisión como pena similar para todos y universal, con la salvedad exclusiva de una gradación en la duración. Si las cosas sucedieron así, no fue pues a causa de las polémicas de los reformadores; Beccaria no quería sustituir los suplicios y las torturas por la prisión. —¿Por qué, entonces, el paso del suplicio a la prisión? —Hasta el siglo XVIII, con el absolutismo monárquico, el suplicio no cumplía el papel de reparación moral; tenía más bien el sentido de una ceremonia política. El delito, en cuanto tal, debía considerarse como un desafío a la soberanía del monarca; trastornaba el orden de su poder sobre los individuos y las cosas. El suplicio público, largo, aterrador, tenía la finalidad precisa de reconstruir esa soberanía; su carácter espectacular servía para hacer participar al pueblo en el reconocimiento de esta, y su ejemplaridad y sus excesos, para definir su extensión infinita. El poder del príncipe era excesivo por naturaleza. Los reformadores, con su proyecto de nueva economía penal, se inscribían en el rumbo de una sociedad en plena transformación. La propuesta de Beccaria era una especie de ley del talión, pero no por eso dejaba de ser una ley, válida para todos, razón por la cual se sustraía a la arbitrariedad de la voluntad del príncipe. La proporcionalidad de las penas en función de los delitos reflejaba y todavía refleja la nueva ideología capitalista de la sociedad: para un trabajo, un salario proporcional; para unos delitos, unas penas proporcionales. Este principio persiste en la duración variada de las penas de detención, pero lo contradice la privación de la libertad como castigo único. —¿Cómo fue entonces que se impuso la forma punitiva? —Las explicaciones que se han dado hasta nuestros días se relacionan en esencia con las modificaciones económicas de la sociedad. En la época de los príncipes, en una sociedad de tipo feudal, el valor de mercado del individuo como mano de obra era mínimo, y la vida misma, a causa de las violentas epidemias, la gran mortalidad infantil, etc., no tenía en absoluto el mismo precio que en los siglos siguientes. Comoquiera que sea, la finalidad del castigo no era la muerte; al contrario, el arte del suplicio consistía en demorar la muerte al máximo en una “exquisita agonía”, como dice uno de sus teóricos. En ese sentido, el momento del cambio cualitativo, en la filosofía del castigo, fue la guillotina. Hoy suele hablarse de ella como un vestigio de barbarie medieval. No es así; en su época, la guillotina fue una ingeniosa maquinita que transformó el suplicio en ejecución capital, efectuada a la velocidad del rayo, de una manera casi abstracta, verdadero grado cero del sufrimiento. Se sigue convocando al pueblo para que asista al ritual teatral de la pena, pero sólo con el objeto de ratificar la conclusión y no para que participe en ella. Con la nueva estructura económica de la sociedad, la burguesía necesita organizar su llegada al poder por medio de una nueva tecnología penal mucho más eficaz que la anterior. —Más suave, de todas maneras. —La “suavidad” de las penas no tiene nada que ver con la eficacia del sistema penal. Hay que sacarse de encima la ilusión de que la atribución de las penas se hace con el objetivo de reprimir los delitos: las medidas punitivas no sólo tienen el papel negativo de represión, sino también el papel “positivo” de legitimación del poder que dicta las reglas. Puede incluso afirmarse que la definición de las “infracciones a la ley” sirve justamente de fundamento al mecanismo punitivo. Con los príncipes, el suplicio legitimaba el poder absoluto, y su “atrocidad” se desplegaba sobre los cuerpos, porque el cuerpo era la única riqueza accesible. El correccional, el hospital, la prisión, los trabajos forzados, nacen con la economía mercantil y evolucionan con ella. El exceso ya no es necesario: todo lo contrario. El objetivo es la mayor economía del sistema penal. Ese es el sentido de su “humanidad”. En efecto, lo verdaderamente importante en la nueva realidad social no es la ejemplaridad de la pena, sino su eficacia. Por eso el mecanismo utilizado consiste menos en castigar que en vigilar. —Pero ¿la vigilancia no estaba excluida de la tradición penal hasta el siglo XIX? —Sí. También puede afirmarse que, a pesar del rigor del sistema, bajo la monarquía el control de la sociedad era mucho más débil, más grandes las mallas a través de las cuales pasaban las mil y una ilegalidades populares. A menudo las condenas quedaban sin mañana, el uso las hacía dejar de lado. El contrabando, el pastoreo abusivo, la recogida de leña en tierras del rey, aunque amenazados con penas terribles, en realidad no daban prácticamente nunca lugar a un proceso. En cierto modo, entraban en el juego del sistema como siguen entrando en algunas realidades económicas y sociales particularmente atrasadas. —Lauro decía que en Nápoles el contrabando es la Fiat del sur. —Exactamente. Pero a fines del siglo XVIII, la burguesía, con las nuevas exigencias de la sociedad industrial, con una mayor subdivisión de la propiedad, ya no puede tolerar las ilegalidades populares. Busca nuevos métodos de coacción del individuo, de control, de encuadramiento y de vigilancia. Los reformadores de la Ilustración proponían una nueva economía penal, no la nueva tecnología que se necesitaba. —¿En qué tradición se hunden los raíces culturales de la prisión? —La forma prisión nace mucho antes de su introducción en el sistema penal. La encontramos en estado embrionario en toda la ciencia del cuerpo, de su “corrección”, de su aprendizaje, que se adquiría en las fábricas, las escuelas, los hospitales, los cuarteles. “Pero respiran”, comentaba con irritación el gran duque Miguel cuando asistía a un desfile militar. El nuevo ideal del poder pasa a ser la “ciudad apestada”, que es también la ciudad punitiva. Donde hay peste, hay cuarentena; todo el mundo está controlado, catalogado, encerrado, sometido a la regla. Para defender la vida y la seguridad de la colectividad, se otorga el derecho de matar a cualquiera que circule sin autorización, salvo algunos grupos de ínfima importancia, los individuos descritos por Manzoni, aquellos a quienes se asignan las tareas más innobles, como el transporte de los cadáveres de los apestados. Bentham proporciona en 1791 la estructura arquitectónica de esta exigencia tecnológica, con su Panoptico. —¿Qué es el Panóptico? —Es un proyecto de construcción con una torre central que vigila toda una serie de celdas dispuestas en forma circular, a contraluz, en las cuales se encierra a los individuos. Desde el centro uno controla todas las cosas y todos los movimientos sin ser visto. El poder desaparece, ya no se representa, pero existe; incluso se diluye en la infinita multiplicidad de su mirada única. Las prisiones modernas, y hasta muchas de las más recientes, calificadas de “modelo”, se basan en ese principio. Pero con su Panóptico Bentham no pensaba de manera específica en la prisión; su modelo podía utilizarse —y se utilizó— para cualquier estructura de la nueva sociedad. La policía, invención francesa que fascinó al punto a todos los gobiernos europeos, es la hermana gemela del Panóptico. La fiscalidad moderna, los asilos psiquiátricos, los ficheros, los circuitos de televisión y tantas otras tecnologías que nos rodean son su aplicación concreta. Nuestra sociedad es mucho más benthamiana que beccariana. Los lugares en los cuales existió la tradición de conocimientos que llevaron a la prisión muestran por qué esta se asemeja a los cuarteles, los hospitales y las escuelas, y porque estos se asemejan a las prisiones. —Pero la prisión fue criticada desde el principio. Se la definió como un fracaso penal, una fábrica de delincuentes. —Lo cual, empero, no sirvió para destruirla. Después de un siglo y medio sigue en pie. Pero, por lo demás, ¿es de veras un fracaso? ¿No será más bien un éxito, y justamente por las mismas razones por las cuales se la acusa de fracasar? En realidad, la prisión es un éxito. —¿Qué éxito? —La prisión crea y mantiene una sociedad de delincuentes, el medio, con sus reglas, su solidaridad, su marca moral de infamia. La existencia de esta minoría delictiva, lejos de ser la medida manifiesta de un fracaso, es muy importante para la estructura del poder de la clase dominante. Su primera función es la de descalificar todos los actos ilegales que se agrupan bajo una común infamia moral. Antes no era así: en realidad, un buen número de los actos ilegales cometidos por el pueblo se toleraba. Ahora eso ya no es posible: el delincuente, fruto de la estructura penal, es ante todo un criminal como cualquiera que infringe la ley, por la razón que sea. A continuación se crea una estructura intermedia de la que se vale la clase dominante para perpetrar sus ilegalidades: la constituyen, justamente, los delincuentes. El ejemplo más patente es el de la explotación del sexo. Por un lado hay prohibiciones, escándalos y represiones en torno de la vida sexual; esto permite transformar la necesidad en “mercancía” sexual difícil y cara, y luego se la explota. Ninguna gran industria de ningún gran país industrializado puede rivalizar con la enorme rentabilidad del mercado de la prostitución. Esto es válido para el alcohol en la época de la prohibición; hoy, para la droga (véase el convenio turco-norteamericano para el cultivo de la adormidera), para el contrabando de tabaco, de armas… —¿Cómo se mantiene la vinculación con el poder? —Esas enormes masas de dinero suben y suben hasta llegar a las grandes empresas financieras y políticas de la burguesía. En suma, se mantiene un tablero de ajedrez donde hay escaques peligrosos y otros que son seguros. En los peligrosos están siempre los delincuentes. Esa es la ligazón. Y llegamos al otro papel de la delincuencia: la complicidad con las estructuras policiales en el control de la sociedad. Un sistema de chantajes e intercambios en el cual los roles se confunden, como en un círculo. ¿Un informante es otra cosa que un policía delincuente o un delincuente policía? En Francia, la clamorosa figura símbolo de esta realidad es Vidocq, el famoso bandido que en determinado momento se convierte en jefe de la policía. Los delincuentes tienen además otra excelente función en el mecanismo del poder: la clase en el poder se sirve de la amenaza de la criminalidad como una coartada continua para endurecer el control de la sociedad. La delincuencia da miedo, y ese miedo se cultiva. No por nada en cada momento de crisis social y económica se presencia un “recrudecimiento de la criminalidad” y el consiguiente llamado a un gobierno policial. Por el orden público, se dice; en realidad, para poner freno sobre todo a la ilegalidad popular y obrera. En suma, la criminalidad funciona como una suerte de nacionalismo interno. Así como el temor al enemigo hace “amar” al ejército, el miedo a los delincuentes hace “amar” el poder policial. —Pero no la prisión. La prisión no consigue hacerse amar. —Porque en los mecanismos modernos de la justicia criminal hay un fondo de suplicio que no se ha exorcizado por completo, aun cuando en nuestros días esté cada vez más incluido en la nueva penalidad de lo incorpóreo. La nueva penalidad, en efecto, en vez de castigar, corrige y cura. El juez se convierte en médico y viceversa. La sociedad de vigilancia quiere fundar su derecho en la ciencia; esto hace posible la “suavidad” de las penas o, mejor, de los “cuidados”, las “correcciones”, pero con ello se extiende su poder de control, de imposición de la “norma”. Se persigue al “diferente”. El delincuente no está fuera de la ley, pero se sitúa desde el comienzo en el centro mismo de los mecanismos en los cuales se pasa imperceptiblemente de la disciplina a la ley, de la desviación al delito, en una continuidad de instituciones que se pasan la pelota unas a otras: del orfelinato al correccional de menores y de ahí a la penitenciaría, de la ciudad obrera al hospital y de ahí a la prisión.


*Textos de otros. Publicado originalmente en Bloghemia.