NI STORY-TELLING, NI STORY-DOING. ESTO SIEMPRE SE TRATÓ DE STORY-BEING.



TEXTOS DE OTROS. Hace un buen tiempo un viejo sabio me dijo que somos como una punta de flecha de cuatro lados. Mientras juntaba pulgar, índice, mayor y anular de su mano izquierda, me dijo:


“Un lado de esa punta es lo que pensamos, otro lo que sentimos, otro lo que decimos y otro lo que hacemos. Si los cuatro lados están juntos, forman una punta capaz de atravesar paredes y montañas". Con sus dedos en punta cortó el aire, atravesando paredes y montañas imaginarias. Luego retrocedió el movimiento y, despegando el dedo mayor de esa punta indestructible hecha de dedos, dijo: “si tus pensamientos no van en la misma dirección que tus sentimientos no hay punta, no hay flecha”. El dedo mayor, despegado del conjunto de dedos, destruía la punta y la convertía en algo absolutamente incapaz de cortar el viento, mucho menos de atravesar montañas.


Mirándome a los ojos, siguió separando por turnos cada uno de los dedos que formaban esa punta de flecha, rebelándome aquella verdad tan trágica como aplastante. : “si no decís lo que pensás, si decís pero no hacés o si hacés algo que no sentís, no estás siendo”; así, “siendo”, en gerundio.


Con el tiempo, la metáfora viva de aquellos dedos apretados se convirtió en mi razón de ser. O, mejor dicho, de saber que estoy "siendo". Tanto, que incluso lo convertí en mi trabajo: hoy en día ayudo a otros a poder sentir, pensar, decir y hacer una misma cosa. Me dedico a la identidad. Y a ese equilibrio de nuestras cuatro principales manifestaciones lo llamo IDENTIDAD ÍNTEGRA.


Ocupo una parte importante de mis días guiando “workshops de identidad” para equipos de alto rendimiento. Son experiencias que buscan acelerar procesos vinculares: se aísla al equipo en algún salón lejano y se lo expone a diferentes dinámicas que buscan generar pequeñas "epifanías" en los participantes. Si todo resulta bien, sus vínculos mejoran, sus voluntades se coordinan y su performance se eleva; pero si el equipo encuentra su identidad íntegra, el resultado es mucho más potente: ante un desafío, dejan de HACER y sólo se dedican a SER.


Con el tiempo aprendí que los únicos workshops que alcanzan ese nivel de resultados son aquellos en los que salen a la superficie las verdades más difíciles. Verdades que corren los velos del egoísmo, la desconfianza, la hipocresía o simplemente del miedo y hacen que cada persona se permita ser en toda su integridad. Lo curioso es que esas verdades sólo afloran cuando se apaga el story-telling y las cosas se ponen bien terrenales.


En relación a esto, me gusta mucho la visión que tiene Tom Asacker sobre el story-telling. Lo describe como un "mecanismo de supervivencia". Una construcción totalmente intencional y detallada de un futuro que nunca va a ocurrir, cuyo único objetivo es embarcarnos en un viaje interminable de búsqueda e insatisfacción; algo que, inevitablemente, termina alienándonos o exigiéndonos conductas pocas saludables.


“Esta idea que llamamos story-telling nos seduce a soportar tormentos y a postponer continuamente un vida vivida en plenitud (…) Definitivamente nos trajo hasta acá como especie, pero nunca nos va a llevar a una vida emocionante, amorosa y sana, porque su objetivo es justo el contrario." -Tom Asacker

De la mano de Simon Sinek, fueron muchas las marcas que se lanzaron a tallar su purpose en piedra para perfeccionar su story-telling (debo reconocer que yo mismo festejé con ganas la claridad de su Golden Circle). E incluso estamos viendo cómo ese story-telling -quizás acelerado por las necesidades pandémicas- ya está mutando hacia una nueva cepa: el “story-doing”; algo así como “hagamos algo hoy que demuestre quiénes no vamos a llegar a ser nunca”. Como si un hecho pudiera definiera quiénes somos. Y no me digan que si hacemos esas acciones es porque "ya somos esos que vamos a ser algún día", porque necesidades hubo siempre y, sin embargo, estos "doings" no los estábamos haciendo (nótese el uso de la 1ª persona del plural).


Pero los efectos de este mega-encierro no quedaron ahí. Además de generar la mutación del story-telling esta cuarentena global se convirtió en algo muy parecido a un workshop de identidad; algo así como “El workshop más grande del mundo”. Como si la humanidad entera fuera un equipo, este encierro forzando nos metió a todos juntos y al mismo tiempo en experiencias tan extrañas como primitivas. Nos hizo pasar por la incertidumbre total, el miedo al otro, la falta de lo que nos sobraba y el exceso de lo que nos faltaba, todo muy rápido, con barbijo, por zoom y en jogging.


Entonces la pregunta es: ¿cuáles son las verdades difíciles que deben aflorar antes de que termine este mega-workshop, así le exprimimos alguna epifanía que le dé valor?


Hace unos días un cliente me contó algo que podría ser una buena respuesta a esa pregunta. “Esta pandemia nos ayudó a ver cuáles empleados, proveedores y clientes se sienten parte del proyecto y cuáles no", me dijo. "Algunos te dicen que en cuanto les entre algo te pagan y otros no te bajan la mercadería si no les pagás en el acto. Lo que hacemos es conversar. Nos contamos cómo estamos, qué posibilidades reales tiene cada uno y le buscamos la vuelta juntos. Decidimos qué hacer basándonos pura y exclusivamente en la confianza que nos tenemos”. Es decir, salieron las verdades a la superficie. Y no me refiero a las verdades de su relación comercial sino a las verdades humanas, las que conforman su identidad y definen cada cosa que hacen.


Lo más interesante de esto que me contó mi cliente es que ese sistema comercial regido por verdades humanas es más viejo que la sombra. Es previo a los mercados, a las monedas e incluso a la política. Sin embargo, lo que tiene de antiguo lo tiene de inapelable porque está basado en un único valor de intercambio: la confianza... Lo que nos lleva a mi encuentro con viejo sabio y sus cuatro dedos, porque nada genera más confianza que alguien que siente, piensa, hace y dice una misma cosa. No es el story-telling, ni el why, ni el story-doing. Lo único que alimenta la confianza de una persona en una institución, una empresa, una marca u otra persona, es su capacidad de SER. Su "STORY-BEING" digámosle si quieren seguir mutando términos marketineros.


Humildemente, no creo que la integridad vaya a venir de la separación entre las letras de los logos ni de las imágenes de aplausos desde los balcones. Tampoco del “juntos podemos” o de los “siempre estuvimos y vamos a seguir estando”. Ni siquiera va venir de los barbijos donados o de los litros de alcohol en gel producidos en fábricas que hacían lavarropas. Porque lo que decimos o hacemos no define quiénes somos. Es más bien lo que somos lo que define qué decimos y qué hacemos. Ese es el camino que recorre la integridad para instalarse como identidad. Por eso, lo único que nos va a llevar a un mejor lugar es cuánto de lo que sentimos estemos realmente dispuestos a transformar en pensamientos, palabras y hechos.


Ojalá, durante estos últimos días de este mega-workshop afloren esas mega-verdades capaces de regalarnos una mega-epifanía. Así, ya íntegros, quizás logremos entender que "un mundo mejor" no es algo que se hace, sino algo que se ES.


Publicado original por Esteban Minoyetti en Linkedin

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