Socialdemocracia y Populismo en el Final de los Tiempos



Debemos renunciar al sueño de una sociedad futura que sea “completamente” distinta y en la cual los hombres sean “completamente” diferentes a como han sido hasta ahora y son aún hoy. Tenemos que aprender a vivir en la duda, pues es productivo dudar. Tenemos que dejar de buscar una única verdad y aprender a vivir con las diversas verdades que forman nuestra vida.

Willy Brandt

La importancia de la socialdemocracia como una de las grandes tendencias del pensamiento político universal es incuestionable. Mucho contribuyó el siglo pasado en la lucha por el bienestar de la humanidad al constituirse en una alternativa progresista empeñada en conciliar el respeto irrestricto a las libertades individuales y los derechos humanos con la justicia social y el equilibrio económico. Sin embargo, hoy atraviesa por una ingente crisis que para muchos incluso es terminal. En lo que llevamos del siglo XXI se ha producido un creciente declive del modelo socialdemócrata y aunque aún no es un desastre total, si se trata de una decadencia constante y pronunciada. La socialdemocracia había terminado el siglo XX con pronósticos muy optimistas, pero ahora su proyecto ha perdido el rumbo y no existen indicios sólidos de que sea capaz de enfrentar con lucidez los retos de los años por venir. La característica más grave de esta crisis es su casi completa “pérdida de identidad” como una opción política plausible, lo que ha llevado a algunos de los nuevos dirigentes de los partidos socialdemócratas a procurar un “regreso a los orígenes” y reinstaurar los programas, discursos e identidades que caracterizaron a la socialdemocracia durante los años setenta e incluso antes. Este es el caso, por ejemplo, de Jeremy Corbyn en el Partido Laborista Reino Unido, Pedro Sánchez en PSOE español, Benoit Hamon en el Partido Socialista Francés, entre varios más. En otros casos, los socialdemócratas asisten desconcertados e incrédulos al surgimiento de un izquierdismo populista que, en buena medida, enarbola sus banderas tradicionales y les roba segmentos cada vez más grandes del electorado de izquierda, sobre todo el juvenil. Este es el caso de Podemos en España, Syriza en Grecia y La Francia Insumisa, por citar los casos europeos más conspicuos, mientras que en América Latina un poderoso resurgimiento del populismo en personajes como Chávez y su sucesor Maduro, Los Kirchner, Rafael Correa, Evo Morales y otros más han eclipsado los intentos -muchas veces tímidos- de hacer crecer y consolidar alternativas de izquierda moderada. Un caso similar sucede en México, donde Andrés López Obrador y la opción partidista que encabeza (Morena) monopolizan el panorama político de la izquierda, mientas que el PRD, opción que intentó ser “socialdemócrata” de una forma bastante fragmentaria y torpe, se hunde en el fango.


Incluso mucho del electorado socialdemócrata tradicional ha desertado para favorecer a opciones populistas de extrema derecha, como quedó claro en el voto del Brexit de 2016, las elecciones francesas y neerlandesas de 2017 e incluso en las presidenciales norteamericanas de 2016. En todos estos casos regiones industriales que tradicionalmente simpatizaban con la centroizquierda, pero que han sido particularmente castigadas por la globalización, optaron por cambiar su voto en favor del populismo de derecha. Obviamente, esta pérdida de popularidad también ha afectado a los partidos de centro derecha, pero de una manera menos acentuada. Los grandes efectos de la crisis económica que estalló en 2007 han dañado mucho más en las urnas a la socialdemocracia que a las opciones conservadoras, es cierto, pero también lo es que en la actualidad es toda la democracia representativa la que está en un gran dilema. Por ello han aparecido “hombres fuertes” en el gobierno de cada vez más naciones. Al comenzar el nuevo siglo fue electo presidente ruso Vladimir Putin, quien se ha consolidado de forma descomunal en el poder a lo largo de los últimos 15 años. El presidente turco Recep Tayyip Erdogan, el primer ministro húngaro Viktor Orban, el premier de la India Narendra Modi y el mandatario Filipino Rodrigo Duterte también fueron electos democráticamente en las urnas. Lo mismo sucedió con Chávez/Maduro, Corea, Morales y Ortega en Latinoamérica. Todos estos personajes han concentrado tanto poder en sus manos que sus naciones poco se parecen ya a lo que entendemos como una democracia liberal. Prolifera lo que el politólogo norteamericano Fareed Zakaria describió como “democracias iliberales”, es decir: “Regímenes elegidos democráticamente, especialmente aquellos reelectos o reafirmados mediante referendos, irrespetan de manera rutinaria los límites constitucionales y despojan a sus ciudadanos de sus derechos básicos y sus libertades primordiales”. Incluso en China, un sistema tradicionalmente autoritario pero que desde hace tiempo enfatiza el liderazgo colectivo, los medios de comunicación han calificado al presidente Xi Jinping de "Presidente de Todo", como reflejo de la cantidad de poder que ha acumulado, la mayor que cualquier líder chino desde Mao Zedong.


La tendencia al personalismo tuvo en 2016 un impulso inusitado con la elección como presidente de Estados Unidos de Donald Trump, la cual ha inaugurado una etapa de incertidumbre global, de hecho, un todo un cambio de paradigma instalado como una especie de “Caja de Pandora”. Dueño de un estilo marcadamente personalista, Trump dice detestar a los políticos, personificar “al pueblo” y ser el único capaz de resolver, él solo, todos los problemas de Estados Unidos (I alone can fix it). Triunfó utilizando los estilos y retóricas características de los caudillos latinoamericanos, lo que refleja una profunda fractura social en la otrora principal democracia del mundo. Polarización y desencanto como movilizadores para un gobierno que llega con una “identidad antisistema” y no tiene muy en claro con cuales valores y formas cobrará cuerpo, pero abiertamente gira alrededor del voluntarismo del líder.


Evidentemente, los regímenes personalistas están muy lejos de ser un fenómeno nuevo. Al contrario, han sido la norma durante gran parte de la historia desde los faraones de Egipto hasta los dictadores del siglo XX. Pero tras la ola democratizadora que experimentó el mundo tras la caída del muro de Berlín muchos pensaban que las dictaduras, los cultos a la personalidad y los “hombres fuertes” eran cosa del pasado. Contra los pronósticos de los más optimistas, el personalismo ha vuelto en iracunda vorágine al inicio de este siglo XXI. Casi siempre lo ha hecho con la pretensión de corregir graves desequilibrios sociales. Ante las transformaciones del mundo globalizado los ingresos y las perspectivas de futuro de la gente común se han estancado, si no es que reducido. La indignación cunde contra las elites y las instituciones de representación política. Esto, desde luego, tampoco es nuevo. Líderes mesiánicos y providenciales han aparecido en el seno de sociedades fracturadas desde hace mucho tiempo, pero lo han hecho con la pretensión de instaurar abiertamente dictaduras implacables. Los hombres fuertes de hoy (y mujeres, si pensamos -por ejemplo- en Marine Le Pen) se valen de los métodos de las democracias tradicionales y de los nuevos medios de comunicación para llegar al poder y sostenerse en él. Y si hasta el inicio de la actual centuria liberalismo y democracia se habían sostenido como un binomio indisoluble, ahora vemos como se disgregan. Una parte creciente de los electorados admite que el líder gobierne incluso si ello significa sacrificar derechos liberales. Lo que es tan peligroso de hombres fuertes es precisamente que no sólo desprecian los derechos individuales, sino que lo hacen con el consenso de los gobernados.


La mente popular es incapaz de escepticismo y esa incapacidad la entrega inerme a los engaños de los estafadores y al frenesí de los jefes inspirados por visiones de un destino supremo. Pero con el tiempo las intenciones iniciales se olvidan. La acumulación de poder se convierte en el único fin y las elecciones en el medio propicio para alcanzarlo. Los votos, las mayorías electorales, que en teoría deberían controlar los abusos de poder, sirven en la práctica de subterfugio para justificar los excesos del poder y la violación de las libertades. Los hombres fuertes despiertan grandes ilusiones. Tienen en común la idea de que las cosas pueden cambiar a base de pura voluntad, por ello desprecian a las instituciones y no tardan en socavarlas. Así sucede con los procesos electorales, las cámaras legislativas, el Poder Judicial, los partidos, etc. Como siempre, usan y abusan de la propaganda del miedo y de la mentira. “Miente, mil veces miente y tu mentira se convertirá en realidad”, el famoso apotegma goebbelsiano es la pauta básica de Steve Bannon, principal vicario de la posverdad. Pero depender tanto de la fuerza de “la voluntad” termina en constantes cambios de opinión por capricho, en políticas volátiles, en decisiones erráticas. Por otra parte, los regímenes personalistas han sido casi siempre los más corruptos, los menos transparentes y los más propensos al clientelismo. Llegan los hombres fuertes al poder con un amplio apoyo popular y por lo general comienzan sus mandatos con la aplicación de políticas que gozan de un enérgico respaldo, pero cuando se vuelven impopulares (como sucede con la mayoría de los gobernantes después de algún tiempo en el cargo) no están dispuestos a renunciar al aplauso y al poder absoluto.

¡El Pueblo soy yo, Carajo!, exclamó Chávez. Trump le hizo eco al comandante cuando aseguró en su toma de posesión que con él a la Casa Blanca entraba “el Pueblo”. Convencidos de su capacidad única para canalizar las opiniones de la gente común, los hombres fuertes abuzan del discurso nacionalista, de la manipulación informativa y de la estrategia maniquea de culpar de todo mal a la oposición, a los enemigos internos y externos, y a todo tipo de imaginarios traidores y villanos. Electos como los campeones del pueblo, primero pervierten a las democracias que dominan para hacerlas “iliberales” y de ahí ya no queda demasiado lejos la ruta a la autocracia directa, como lo demuestra en estos días el triste caso venezolano.


El reto de la socialdemocracia actual es hoy exactamente la misma de siempre: asegurar que una proporción más alta y pertinente del crecimiento económico beneficie a la mayor parte posible de la gente y no sólo como una cuestión de justicia distributiva, sino también como la mejor esperanza de evitar el deslizamiento de la democracia liberal a la democracia “iliberal” y de ésta a una autocracia absoluta que barra con las garantías ciudadanas y los derechos humanos. El drama reside, lamentablemente, en que la visión, enfoque y proyecto de los socialdemócratas parece carecer hoy con un esquema sólido con el cual afrontar los retos de la presente centuria. El keynesianismo estatista (inversión pública exorbitante, déficits presupuestales, ampliación del Estado bienestar, etc.) que enarbolan algunos socialdemócratas añorantes de viejo cuño y los populistas ha demostrado, en reiteradas ocasiones, su inviabilidad. No basta con señalar a los “excesos del neoliberalismo” como explicación de los problemas sociales y económicos del sistema capitalista. El viejo estatismo podrá, eventualmente, ganar algunas elecciones, pero terminará en el desastre, tal como lo atestigua la hecatombe venezolana o los fracasos de los gobiernos populistas en Argentina y Brasil. También resulta muy significativa la “vuelta en u” del partido Syriza en Grecia, que mientras estuvo en la oposición sostuvo un discurso ferozmente izquierdista y en el poder se ha limitado a acatar las directrices que le dicta la Unión Europea, el FMI y el Banco Mundial. Se ha hecho evidente que crecimiento sostenido del Estado del bienestar es insostenible debido a las tensiones y paradigmas propios de la globalización y a las ingentes limitaciones de recursos económicos para garantizar más y mejores políticas sociales. El incremento progresivo del peso del Estado en la economía de las naciones se ha convertido más en un pasivo que en un activo para el libre desarrollo de un modelo económico competitivo. Asimismo, el otro gran tema del momento, la corrupción, se hace presente como uno de los principales defectos del estatismo exacerbado. Al amparo del Estado omnipresente la corrupción política y los abusos de particulares en la captación de rentas públicas crecen a la sombra de una escasa transparencia y un ineficiente control.


Asimismo, concurre a la crisis socialdemócrata en esta época de grandes cambios tecnológicos el gran auge de las redes sociales y la progresiva simplificación de todo mensaje político, lo cual redunda a favor de la banalización de la política y de la consiguiente manipulación burda de amplísimos sectores de la opinión pública. Los populistas –de izquierda y de derecha– encuentran en este escenario una vía de penetración impensable hace tan solo unos pocos años.


El regreso al estatismo y recurrir a la simplificación del discurso no es el camino por el que pueda transitar la socialdemocracia del siglo XXI. Con este equipaje, el viaje es menos que imposible. Solo a través de análisis precisos y soluciones actualizadas y audaces que estén a la altura del compromiso exigido por los nuevos tiempos es posible imaginar una democracia con vocación social y progresista. En este sentido, algunos analistas ven una nueva opción ciudadana, alejada a los esquemas corporativos de la socialdemocracia tradicional, pero que manejan un discurso progresista en lo social y de irrestricta defensa de los valores de la democracia liberal y propone poner al tono del siglo XXI las formas y elementos de hacer política. Muchos analistas han nombrado esta nueva corriente “la rebeldía del centro” y tiene a algunos de sus principales representantes en políticos como Emmanuel Macron, Mateo Renzi, Albert Rivera, Martin Schulz y (en su momento) Barack Obama. Quizá en estas alternativas se encuentre la esperanza de ver resucitar en la política mundial una forma de “socialdemocracia renovada” capaz de sostener aquella altura intelectual de los partidos que no asumen un “credo de cruzada”, sino una actitud profundamente crítica del entorno real, y, como lo propuso ya en los años cincuenta el teórico Anthony Crosland “con una filosofía escéptica pero no cínica; independiente, pero no neutral; racional, pero no dogmáticamente racionalista”. Sólo el tiempo hablará de su viabilidad.

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