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2020: LA TORMENTA PERFECTA QUE PODRÍA DERROTAR A TRUMP

Por: Paco Valery

A finales del año 2019, Donald Trump con una popularidad récord, dominando a placer la agenda de USA, frente a un partido Demócrata sin un claro liderazgo, parecía tener su reelección asegurada. Hoy “Sleepy Joe Biden», como lo apodó el Presidente, es competitivo y todo está por decidirse. 


Coronavirus y los vacios del relato presidencial


2020 tiene el potencial de ser recordado por los politólogos y científicos sociales como el año que cambió las dinámicas electorales y vio nacer un nuevo patrón en el consumo de la información y el apoyo de los liderazgos. 


La comunicación política la domina quien logra convencer a la mayor parte de los ciudadanos de que su versión de la realidad, es la mejor explicación posible. Con frecuencia, especialistas y aficionados de la comunicación política, pueden detectar que una figura pública está perdiendo la batalla, cuando se ve obligado a cambiar su explicación modificando su relato. 


En 2016, el “Make America Great Again” usado inicialmente por Reagan en su campaña en los 80 y retomado por Trump, trajo el recuerdo de una economía creciente, un liderazgo fuerte, activó el nacionalismo más profundo de los votantes Republicanos. Toda la campaña de contraste se fundamentó en una sola idea expresada de miles de maneras distintas: Hillary era un personaje oscuro, que escondía un insaciable deseo por el poder que usaría para sus fines “corruptos y anti-americanos”. Así nació “Crooked-Hillary” y el vitoreo en cada uno de sus actos de campaña del “Lock her up”.



El Coronavirus ha sido un rival mucho más difícil para el presidente, desesperado, ha modificado constantemente su discurso. Inició con el descrédito total a la situación que vivía el mundo, señalando que USA estaba por encima de las circunstancias; intentó la solución política apodándolo el “ChinaVirus”, impulsando teorías de la conspiración sobre la fabricación de un virus de laboratorio. El 21 de Junio pidió públicamente que se hicieran menos pruebas porque se estaba sembrando miedo.  Se  peleó con el cuerpo de asesores médicos encabezado por Fauci cuando se lanzó la reapertura económica. Ahora transita el control de daños, donde ha intentando consolidar un imagen de integración científica y superación de las peores consecuencias del virus para el pueblo americano.


Los demócratas han aprovechado esta debilidad para afectar la credibilidad del presidente, incluso entre sus seguidores, algo que parecía imposible hace sólo meses.



La política siempre ha sido personal. A pesar de sus muchas salidas de tono, Trump siempre logró mantener a resguardo su imagen, porque en su relato, sus comentarios y las rivalidades que creaba, nutrían y fortalecían la visión de sus votantes. Ninguna de sus amenazas tocaba los intereses ni afectaba la vida o los valores de sus seguidores.

 

Cuando el Coronavirus comenzó a generar la muerte de familiares, amigos y personas cercanas a los Republicanos, cuando los comercios de sus votantes dejaron de recibir ingresos porque no existía plan para acompañar la salida de compradores a la calle, y cuando el sistema de salud se vio colapsado y circularon las dolorosas imágenes de cuerpos apilados y hospitales de guerra en Nueva York; la realidad derrotó su relato, y fue entonces, cuando las consecuencias fueron personales. Los seguidores de Trump comenzaron a desmotivarse, el presidente a caer en la preferencia electoral y por primera vez vio cuestionada su credibilidad entre su masa electoral.



Black Lives Matter … and Vote too 


En 1992, el entonces presidente republicano George H. W. Bush (padre), venía de una presidencia marcada por su política exterior, ampliamente celebrada por sus electores.  La invasión a Panamá, su encuentro bilateral en Malta con Gorbachov, reflejado en los medios americanos como un paso indiscutible para doblegar las posiciones de la URSS; el acuerdo firmado en en Moscú para minimizar la amenaza nuclear; y la Guerra del Golfo.

Bush padre, recibió una economía en buen estado y había logrado agrupar a todos los sectores más republicanos del sistema financiero, encabezando las primeras negociaciones para la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. 


Todo su mandato estaba rodeado de características que tradicionalmente lograban movilizar el nacionalismo e inclinar la balanza a favor de la reelección republicana. Los demócratas necesitaban un issue, un símbolo o alguna variable que pudiera generar competitividad en la elección. 


El 3 de Marzo de 1991, Rodney King un taxista de Los Ángeles de origen afroamericano, fue perseguido en la autopista por la policía. King se negó a detenerse, luego de múltiples maniobras fue derribado, inmovilizado y golpeado brutalmente por 4 agentes. El violento incidente fue grabado por George Holiday y los medios lo convirtieron en un elemento central del debate nacional.


En la primavera del 92, un año después de una amplia cobertura del incidente, un jurado compuesto casi absolutamente por hombres blancos, determinó que ninguno de los 4 agentes de policía era culpable de las acusaciones de brutalidad policial. Ese mismo día estalló una revuelta social en Los Ángeles que se extendió desde el 29 de Abril al 4 de Mayo, dejando 63 muertos, más de 2.000 heridos y millones en pérdidas. La ira contenida de los ciudadanos de origen afroamericano explotó ante el veredicto, el presidente Bush envió al ejército y se produjeron más de 10.000 arrestos, de ellos 42% fueron ciudadanos afroamericanos, 44% de origen latino/hispano; 9% blancos y 5% de otras étnias. 



El voto anti-republicano tenía una identidad a la que aferrarse, una causa común que le diera sentido y motivara su participación política: izar la bandera de los derechos humanos, del respeto a los vulnerables, «Black Lives Matter» se convertía en un vehículo para agrupar e impulsar la participación.


Ese mismo año 1992, un joven demócrata Bill Clinton, vencería sorpresivamente a Bush en las elecciones de Noviembre. 


Las nuevas generaciones de votantes ya no buscan líderes que les indiquen a dónde ir, prefieren líderes que los inviten a formar parte de un movimiento, que les den espacio de construir. Hoy más que nunca la identidad, por encima de la ideología, es la variable clave para comprender las razones detrás de la decisión de voto.


La identidad puede construirse a favor de una visión particular sobre cómo debería funcionar el mundo, por ejemplo la “división de roles por género” vs “la equidad”; adversando lo que otros representan por ejemplo “Los anti-(inserte aquí una motivación particular)” que se unen para evitar que triunfe dicha visión y no necesariamente por construir una propia; o edificando sobre los cimientos previos de muchas identidades para agregarlas en un nuevo movimiento, por ejemplo, “black lives matters”.


El 25 de Mayo de 2020, año electoral, 28 años después del incidente de King, George Floyd un hombre de 46 años de edad afroamericano, murió asfixiado por la rodilla de un oficial de policía blanco que presionaba sobre su cuello, al ser detenido en Minnesota. En medio de la pandemia, se desataron múltiples protestas y el presidente Trump, como en su momento lo hiciera Bush padre, tuvo que utilizar a la fuerza pública para contener las movilizaciones que instalaron nuevamente en la discusión nacional, los peligros de vivir bajo un Gobierno que no consideraba los derechos de las minorías. Black Lives Matter, estaba de nuevo en el centro de la discusión nacional.


A las manifestaciones sociales se unieron artistas, posteriormente los líderes comunitarios se organizaron para solicitar en sus distritos el rechazo de las autoridades locales, y en medio de la nueva normalidad se han sumado de manera masiva los deportistas.

 

Para la cultura norteamericana el deporte ocupa un sitio privilegiado, los deportistas encarnan el arquetipo del héroe, así han sido construidos por años de Marketing, gracias al dinero que genera la industria y la espectacularidad con la que escenifican los estadounidenses los desenlaces finales de sus ligas profesionales. La reivindicación de dichos mensajes en las voces de estos semidioses de la cultura popular representa un contacto permanente de campaña con los sectores más humildes, refuerza de manera constante, en prime time y ocupando horas de consumo televisivo y presencia nacional, la narrativa de un país más incluyente, justo y plural. Una narrativa que tiene un claro enemigo: Donald Trump.



La Major League Baseball, en sus estadios coloca bardas publicitarias con el “Black Lives Matter”; los jugadores de la NBA llevan en sus camisetas mensajes alusivos al movimiento “I can´t breathe”, “Power to the people”, “Freedom”, “Equality”, “Stand Up”. La jornada innaugural de la Major League Soccer se celebró emulando la señal del puño al aire.