Trump y AMLO tienen hechizados a sus seguidores

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla sobre el TMEC, el acuerdo comercial entre su país, México y Canadá. ( (SAUL LOEB / AFP )

Si hace cuatro años el entonces candidato presidencial Donald Trump hubiera mirado más allá del muro fronterizo con México, habría entendido que tenía más en común con los políticos mexicanos que con los de Estados Unidos.


En ese momento se hablaba en Estados Unidos sobre la negativa del ahora presidente Trump a publicar sus declaraciones de impuestos y en México sobre el rechazo del gobierno del entonces presidente Enrique Peña Nieto a adoptar la llamada “Ley 3 de 3”, que requeriría a los funcionarios hacer públicos sus estados fiscales, patrimoniales y de conflicto de interés.


La opacidad en ambos casos trazaba paralelos entre Trump y el régimen priista, que se extendía también a otros ámbitos, pues la intolerancia hacia la prensa o sus opositores que desplegaba Trump era bien conocida desde hace décadas en México.


Ahora, años después, el incipiente Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) que encabeza el presidente, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), muestra parecidos aún más nítidos. El juicio político a Trump en el Congreso de Estados Unidos y su predecible exoneración dejan clara una convergencia notable en la forma en que los simpatizantes de ambos presidentes han llegado a aceptar prácticas que antes los hubieran encendido de indignación.


Desde la campaña presidencial de 2016, en Estados Unidos vimos cómo Trump derribaba las normas del derechista Partido Republicano. Los defensores de los valores morales respaldaron a un adúltero que se jactaba de acosar a las mujeres. Los halcones de la seguridad nacional se apresuraban a defender a un presidente que le daba más credibilidad al presidente ruso, Vladimir Putin, que a las agencias de inteligencia estadounidenses. Políticos que se preciaban de su civilidad y tolerancia festejaban los ataques de Trump a los legisladores demócratas, periodistas o jueces. Juristas que antes presumían el estado de Derecho como el faro de su sociedad, ya no vieron problema en el uso partidista del aparato de justicia o la obstrucción de investigaciones.


La transformación de estas actitudes tuvo su clímax en las sesiones del juicio político contra Trump en el Senado y en su exoneración por haber usado fondos públicos para presionar al gobierno de Ucrania a investigar a un rival político.


Esta misma transformación se ha trasladado a México a lo largo del último año, el primero del gobierno de AMLO.


Si el presidente mexicano usa la tribuna de sus conferencias de prensa para denostar a medios o periodistas críticos, y califica investigaciones sólidas como mentiras o ataques, quienes antes eran defensores de la libertad de expresión y criticaban a los gobiernos anteriores por su intolerancia, ahora lo justifican.


AMLO desestima los reportes que indican una mala marcha de la economía al argumentar que tiene “otros datos”, o destroza la autonomía del órgano encargado de medir la pobreza en el país, y los antiguos promotores de la creación de agencias independientes para medir el desempeño de la economía no le ven problema.


De la misma forma, antiguos luchadores en contra de fraudes electorales, que perdieron elecciones porque el gobierno controlaba su organización, se quedan callados cuando Morena recorta el presupuesto al Instituto Nacional Electoral y elabora iniciativas para quitarle la autonomía.


Cuando el gobierno reparte dinero a estudiantes, familias en extrema pobreza o adultos mayores sin ninguna supervisión, quienes hace dos, cinco o 10 años cuestionaban el manejo discrecional del gasto público y acusaban a los gobiernos de los partidos en el poder (PRI y PAN) de construir clientelas políticas, ahora miran para otro lado porque saben que eso beneficia al actual gobierno y sus simpatizantes.


Si el combate a la corrupción —bandera de AMLO durante sus tres candidaturas presidenciales— se queda corto cuando son sus colaboradores los denunciados, como el director de la Comisión Federal de Electricidad, quienes antes se manifestaban en contra ahora defienden a la Secretaría de la Función Pública por exonerarlo. Lo hacen aun cuando esa investigación recordó a la que absolvió a Peña Nieto cuando su esposa le compró una casa a un contratista del gobierno.


Los defensores de la soberanía nacional y del derecho al asilo callan cuando el actual gobierno mexicano envía a la Guardia Nacional a detener el paso de migrantes en su frontera sur, y algunos que hace cuatro años se escandalizaban por la tibia respuesta de Peña Nieto a las bravuconadas de Trump, ahora justifican que López Obrador no responda cuando el presidente estadounidense dice que México ya paga el muro que él prometió construir.


Es notable la forma en que convergen los estilos políticos en Estados Unidos y México cuando se trata de respaldar ciegamente a un líder que llegó a voltear de cabeza el escenario. Por un lado, hay temor a que el líder desate a sus perros de ataque en las redes sociales contra quien ose contradecirlo. Por el otro, hay un efecto mágico que borra de la memoria las anteriores posturas contestatarias, porque el líder actual logra convencer a sus seguidores de que las reglas han cambiado en servicio de algo mayor. Trump habla de recuperar la grandeza del país y de limpiar “el pantano” de Washington, y AMLO de acabar con la “mafia del poder” en una cuarta transformación histórica de México.


Lo que actores políticos y ciudadanos transformados por Trump y López Obrador ignoran, porque no ven más allá de su propio interés, es que el péndulo va y viene y algún día estarán fuera del poder. Entonces se darán cuenta que habrán empoderado a nuevos actores para cometer los mismos abusos y no tendrán autoridad para reclamarlo.


Pero ese no es el principal riesgo. Hay otro mayor, para la ciudadanía en general y las generaciones que vienen: se normaliza una nueva realidad, marcada por el autoritarismo y el interés sectario, aunque acabe con edificios que costó mucho trabajo construir.


Publicado originalmente en The Washington Post por Javier Garza Ramos.


Javier Garza Ramos es periodista en Torreón, Coahuila. Es conductor de Reporte100 en Imagen Laguna.

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