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La verdad sobre la reina (y sobre Antonio Banderas)


Olivia Colman, en su papel de la reina Isabel II de Inglaterra, en la serie The Crown. GTRES

Textos de otros*


Desde estamentos oficiales británicos se le ha pedido a Netflix que deje claro que The Crownes una ficción. No vaya a ser que los súbditos de la reina se la tomen como un documento histórico y empiece a caerles mal su soberana por haber puteado a Margaret Thatcher en Balmoral: los royals vestidos de campo, con los Barbours remendados y la primera ministra jodida con traje de vestir y tacones. Y eso que tales actitudes de la reina (el famoso "examen de Balmoral") son prácticamente oficiales.


Pero por si acaso aclaremos que The Crown no es un documental y que Camila y Carlos no cuentan chistes verdes en plan dúo cómico cuando montan cenas con sus amigotes nobles. Aunque probablemente lo hagan. Qué maravilla de escena es esa, por cierto. Y la de los royals jugando al Ibble Dibble con (contra) la Thatcher. En esta última temporada de la serie de Peter Morgan, la reina madre siempre aparece con una copa en la mano. O un vaso. O una botella.


En algunos entornos es más libre la no ficción que la ficción. Se digiere mejor una columna cargada de crítica destructiva contra, digamos, Letizia, que una serie donde la reina consorte es interpretada por una actriz. Y con frecuencia se asume que los espectadores son gilipollas y no comprenden su parte del pacto de ficción. No se quejó nadie del gobierno británico (o no trascendió, por lo ridículo de la queja) del tratamiento que la realeza recibe en The Royals. Eso por no hablar de The Windsors, una descacharrante burla que hasta a mí me parece excesiva a veces.


Lo que molesta de The Crown es que cuando satiriza lo hace con retorcida sutileza y desde el drama y el rigor narrativo. Y eso es subversivo. Pero intentar neutralizar a base de disclaimers el poder de una serie así es ridiculísimo.


Me contaba el otro día Ana Torrent que cuando le tocó interpretar a Carmen Polo ("la collares" dijo ella, porque La Collares era) tenía que tener cuidado para no llevar al personaje a la parodia. Porque era lo más fácil, casi lo natural. No he hablado todavía (y qué ganas) con Carlos Santos sobre su Almodóvar de El Ministerio del tiempo, una de las mejores interpretaciones que he visto en mi vida. A Pedro Almodóvar es también muy fácil llevarlo a terreno chanante y Santos no lo hace.


Pedro Almodóvar (en el centro), interpretado por Carlos Santos en el Ministerio del Tiempo.

La serie de Javier Olivares centra uno de sus mejores episodios en un hecho histórico importante para la cultura española: el encuentro entre un Almodóvar incipiente y un Antonio Banderas directamente desconocido. De que ese choque se produzca dependen muchas cosas; de que la serie (y Carlos Santos) sepan transmitirlo depende que el espectador aplauda o pase vergüenza ajena. Yo aplaudí. En El Ministerio del tiempo, el Banderas pre Almodóvar es sólo un chico malagueño guapísimo sentado en una terraza madrileña. Hay más homenaje y más respeto ahí que en mil biopics a mayor gloria del personaje retratado. Es ficción, pero hay verdad. Igual eso es lo que les molesta a los que piden que The Crown comience con una advertencia absurda.


*Textos de otros. Publicado originalmente en El Mundo por Alberto Rey.